Con todo (5)
En las sombras ardientes de La Paz, donde el sol del Pacífico lamía las costas como lengua de serpiente, se desató una crónica de hierro y codicia. Era la época en que la justicia federal vestía de negro y olía a pólvora y tequila barato, cuando los hombres del orden se convertían en verdugos con placa.
Con Todo
Con la información que les fue arrancada a los diferentes detenidos —confesiones arrancadas con el filo del miedo y el peso de las culatas—, Egidio Torre Gómez y los hermanos Carrola se fueron con todo. Avanzaron como una tormenta de desierto, devorando nombres, fortunas y reputaciones. Entre más detenían, más sabían; entre más sabían, más hambre les crecía en las entrañas.
—Voy a detener al pinche presidentito municipal Jesús Ramón Colón Osborne —le dijo Miguel Ángel Carrola al visitador de la PGR, mientras este bebía tequila Hornitos recostado en una silla de lona, junto a la piscina azul turquesa del hotel Palmira. El cielo era un espejo indiferente.
—Ese güey es el protegido del gobernador —contestó el visitador, con la voz pastosa de quien ya había vendido su alma por sorbos de agave.
—Helo madre, ese güey está hasta las cachas en el tráfico de cocaína —respondió Miguel Ángel, con los ojos brillantes de quien se sabe intocable.
—Ten cuidado, no vaya a tronarte el culo.
—Aquí son una bola de culeros. Al pinche gobernador lo tengo agarrado del fundillo.
—Sí, pero no vaya a ser que se queje con los militares alegando un fuero que no tiene. En lo político nos pueden tronar.
—Al comandante de la zona lo tengo de mi lado.
Al día siguiente, el aire olía a café de talega y a traición fresca. El licenciado Enrique Famania y Blanca Fisher sorbían su humeante taza en la enramada de la casa de la líder, frente a la cerrada de la privada Chiriyaqui. De pronto, un comando fuertemente armado irrumpió como plaga de cuervos. Hombres de negro, rifles de alto poder reluciendo al sol, irrumpieron en la casa de Domingo Torres Fontana. Allí, visitando a su suplente, se encontraba el presidente municipal Jesús Ramón Colón Osborne.
Los cafeceros vieron, paralizados, cómo se llevaban al alcalde. Al dueño de la casa, que se opuso, lo sacaron a rastras por el polvo de la calle, como a un perro sarnoso. Después vino el paseo humillante por la ciudad, y al final, las oficinas de la PGR, donde las celdas susurraban nombres de los Carrola como una maldición.
La detención corrió entre la clase política más rápido que el viento del norte. El diputado panista Iván Maciel Luna quiso dar la exclusiva a los medios locales, pero los periodistas se negaron: unos por miedo a los Carrola, otros por no perder el convenio que sostenían con el gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques, a través del profesor Aristóteles Brutus Lemus, director de comunicación social.
Iván, terco como el desierto, se fue al norte, a Baja California, y se entrevistó con Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta. El viejo lobo de la pluma valoró el impacto de la nota como quien mide el veneno de una serpiente. Se redactó el texto, salió a la luz pública... pero los ejemplares destinados a Baja California Sur fueron interceptados por agentes de Gobernación, al mando del licenciado Ildefonso López Cienvientos. La verdad quedó secuestrada en el camino.
Con algunos pocos ejemplares en mano, Iván siguió denunciando en tribunas y plazas. Hasta que la fortuna le mostró los dientes: detuvieron a Juano Manuel, al Diablo Mendoza y a Heráclito Maciel Luna —su propio hermano— como integrantes de una banda de narcotraficantes. El panista bajó la cabeza. Convino con el gobernador la libertad de su hermano a cambio de su silencio. Así se hizo. Juan Diego influyó económicamente en Egidio Torre Gómez para que solo consignaran a los otros dos. El silencio se compró con billetes y con sangre ajena.
Mientras tanto, en los pasillos del poder local, Ernesto Russ Bell, diputado del PARM, le pedía al asesor jurídico Tinterillo Pocacosa que ayudara al hermano de Pedro. Pero el asunto ya estaba resuelto. Ernesto vio entonces que quien estaba con el abogado no era un funcionario cualquiera: era Jacinto Romero. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Presintió que había hablado de más en el privado de la complicidad. Se retiró sin apartar los ojos del rostro de Jacinto, con la conciencia anunciándole una cruda moral que duraría años.
Más tarde, en ese mismo despacho, Tinterillo le negó ayuda a Jacinto, quien pedía cobrar una letra de dos millones de pesos que le debía un herrero de apellido Cerecer por un pick-up Mazda diésel.
—No puedo ayudarte. Eso te ganas por andar haciendo negocios chuecos para emborracharte.
Jacinto salió con el resentimiento que solo causa la injusticia verdadera. Nunca supo que su propio consejero había negociado con el deudor.
El arrojo que da el saberse protegido por el alto mando de la PGR seguía empujando a los Carrola. Detenían a cualquiera que oliera a dinero: dueños de negocios, astilleros, congales. Como a Asdrúbal Sobaco, a quien golpearon con un cinto hasta quitarle lo bocón y lo llorón. El joven congalero llegó al despacho de Rogerio de la Peña, a una cuadra de la PGR, y se quitó la camisa: más de cuarenta marcas rojas se entrecruzaban en su espalda, hombros, brazos, pecho y piernas como un mapa del infierno.
—¡Ayúdeme licenciado! ¡Los pinches Carrola me acaban de golpear!
Rogerio quedó impactado. Asdrúbal relató una historieta que nadie creyó. Pero los cintarazos eran reales: castigo por un comportamiento infantiloide, por no haber sido reprendido de niño. Lloraba porque creía que le quitarían lo que aún no era suyo.
Otro golpeado fue el comerciante Elías Legaspy, dueño de una segunda de ropa. Además de la humillación, tuvo que pagar 800 mil pesos y una cuota mensual. Si no, le abrirían expediente por tráfico de enervantes. Un ingeniero de apellido Aréchiga le había puesto el dedo, codiciando a su mujer. Al final, la mujer se fue, arrastrada por influencias malsanas.
La familia Acuña vio cómo un comando armado con rifles, pistolas, granadas y cuchillos tomó por asalto su astillero. Se llevaron al dueño a celdas clandestinas y lo torturaron dos días. Un vecino envidioso, consumidor de droga, había señalado con el dedo de la envidia.
Los familiares reunieron, como pudieron, 15 millones de pesos entre amigos, compadres y compañeros. Vendieron lo que tenían en casa. Entregaron el dinero a Jesús Ignacio Carrola, el cobrador oficial de las cuotas que fijaba su hermano Miguel Ángel.
El contratista Anunciación Trementino fue detenido por circular en un Grand Marquis nuevo. Le decomisaron el vehículo porque simplemente les había gustado. Tuvo suerte: amigos en la milicia lograron que se lo regresaran sin cuota. Los Carrola quedaron resentidos.
Pronto se desquitaron con Fernando de la Rocha Chávez, dueño de Súper Pollos, que también manejaba autos de lujo. Lo intimidaron hasta que pagó. “Pa’ que veas cómo se hace”, le dijo Miguel Ángel a su hermano. Fernando, respetable hombre de negocios, se plegó por la seguridad de su familia. Días después se retiró a Mexicali y luego a Los Ángeles. Los periodistas, cómplices o cobardes, embarraron sus planas con crueles infamias que aún lastiman a la familia.
La familia Yepiz, de la colonia El Esterito, sufrió peor: a uno de sus hijos lo siguieron por orinar cerca del gimnasio. Le cargaron una bolsa de marihuana en la cajuela. Para que no siguieran golpeándolo, vendieron la casa y pagaron 8 millones de pesos.
Los dineros que recibía Miguel Ángel al día pasaban de los 100 millones de pesos. A costa de lo que fuera. El asesinato, si era necesario.
—Que no les tiemble la mano —les decía a sus efectivos—. Ustedes traigan a los que se les atraviese en el camino, siempre y cuando tenga dinero. No quiero que me llenen las celdas de macuarros que después tenga que alimentar.
Así transcurrió aquella época oscura en la península: un festín de lobos con placa, donde la ley era el capricho de quien portaba el rifle y el poder del que cobraba la cuota. Una crónica de hombres que se creyeron dioses en tierra de mortales, hasta que el destino, tarde o temprano, cobra sus propias deudas con plomo y silencio.
Porque en México, la justicia a veces se escribe con sangre, y otras veces, simplemente, se calla.

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