Sepultan la realidad (16)

Entierran la verdad Lejos de magnificar la declaración de Liliana García, esposa del doctor Acosta —principal sospechoso por el severo método de las inferencias—, la Procuraduría prefirió enderezar el rumbo del expediente hacia el blanco más cómodo: Guadalupe de la Peña. Aquella tarde, en los fríos separos de la Policía Judicial, la fiscalía la sometió a más de seis horas de interrogatorio, como quien mete a una mujer en un horno lento con la esperanza de que se quiebre. El fiscal, con la paciencia de un verdugo metódico, le disparó ciento veintisiete preguntas. La mayoría no nacían de la investigación, sino del pantano de los mitotes, de los rumores pagados, de las inserciones venenosas que los medios reproducían como verdades evangélicas. El propósito era claro y antiguo: enfurecerla, hacerla hervir hasta que reventara y se declarara culpable, tal como había logrado antes con Azucena Mendía, a quien el mismo fiscal había señalado como asesina del gringo Stanley Clayton en una residencia de Fidepaz, La Paz, Baja California Sur. La primera pregunta ya era un insulto a la inteligencia: —¿Cuánto dinero le prestó María Teresa Taylor? —Poco más de cien pesos —respondió Lupita con la dignidad serena de quien no tiene nada que ocultar. Luego vinieron las preguntas absurdas, aquellas que parecían sacadas de un sueño febril: quién contestó el teléfono en Pueblo Bonito el domingo 30 de julio, cómo se enteró de que el celular de Edith estaba a nombre de Sebastián, dónde habían quedado los cocos que les regalaron, si tomaron cervezas en la playa con Tony Pino (Tecate, aclaró ella, en una bolsa; no recuerda si también Modelo). El fiscal interrumpía sin cesar. Las respuestas de Lupita parecían sin ilación porque las preguntas nunca se registraban completas. Era un teatro de la confusión, una danza torpe donde el interrogador cambiaba de paso cada tres segundos. Le preguntó por el cargador del celular, por la hora en que fueron a recoger al niño después del incidente con Sebastián. Lupita, enérgica, tajante como un filo: —Yo nunca fui a recoger al niño. El fiscal se turbó. Las frases se le entrecortaron: —A la octava… la hora aproximada que llegaron a los departamentos Coromuel… después de recoger al niño… La secretaria intentó corregirlo en el acta. Lupita, sin inmutarse: —No la acompañé. Vestida con sus pantalones Levi’s, Lupita se removía inquieta en la silla de lámina que alguna cervecería había donado a la autoridad como limosna. El asiento frío le recordaba dónde estaba: en el lado equivocado de la justicia. El fiscal percibió el enojo y lo azuzó como quien aviva una brasa. Le preguntó por qué, si tanto se preocupó al ver al niño solo y que Edith no contestaba, no intentó entrar a la casa. —Nunca se me ocurrió —respondió ella—. Imaginé que estaba Sebastián ahí. (¿Se imaginan si hubiera entrado? La habrían quemado en la hoguera mediática sin piedad). “Ya la tengo”, debió pensar el fiscal. Insistió, giró la pregunta, la retorció. Lupita respondió una y otra vez con la misma verdad terca y limpia. Cuando le exigió explicaciones sobre por qué no fue directamente a ver a algún familiar en lugar de subir a su casa, dejar el bolso y bajar a llamar a Teresa Agúndez, ella contestó con la lógica implacable de la vida real: —Porque me dio raite el muchacho y después de que me da raite no le voy a decir: llévame aquí, llévame allá. A la pregunta 33 aún seguía insistiendo en el mismo tema. Lupita, ya desesperada pero clara: —Cuando le llamé a Tere, le comenté lo que había pasado. Ella me dijo que lo iba a checar. El fiscal intentaba enredarla en sus propias palabras, pero Lupita respondía con una precisión casi dolorosa. No titubeaba. No se contradecía. Sus verdades eran como piedras lisas en el fondo de un río: duras, pulidas por la realidad. Le preguntó por qué declaró que habían ido a la casa de Edith Silvia, su mamá y Abraham. Lupita corrigió con paciencia: nunca dijo que fue la mamá de Silvia, sino que fueron a la casa de la mamá de Silvia y Abraham se fue con ellas. Subieron los tres hasta la sala, pero solo Abraham entró hasta donde estaba Edith; ellas se regresaron. No vio el cuerpo. No llegó al cuarto. Solo vio sangre desde el pasillo. Preguntas estúpidas, como la número 20: por qué en sus primeras declaraciones dijo que el taxista era una persona de edad mayor. Lupita, casi enojada: —¡Pues es un señor! No es muy viejo, pero es una persona de edad mayor. El fiscal siguió amarrando navajas, buscando contradicciones donde solo había coherencia. Le preguntó si le comentó a Silvia que había visto al niño caminando solo, si le dijo que la bolsa de Edith estaba en la Blazer, si le comentó que Tere iría por ella. Lupita negó una y otra vez con energía: nunca dijo eso. Al final, en la pregunta 127, exhausta pero erguida, Lupita aprovechó el último espacio para decir algo que nadie esperaba. Habló de un comentario en la casa de los Sandoval, de Josefina, del novenario, del niño Luis Antonio que, al ver a Janett Cota, se estremeció, se quedó mirándola fijamente y no se llevó la papita a la boca. Lo había dicho también al comandante Inocencio Deivid al día siguiente. Fue esa declaración la que abrió la puerta para que la autoridad trajera al perito en psiquiatría. El comandante Deivid, quien alguna vez durmió bajo el techo de los Romo y trabajó en la misma aerolínea que el padre del Delegado, creyó ayudar a Sebastián. En cambio, solo consiguió enredar más la madeja. Ese mismo 11 de agosto, en lugar de verificar la coartada de Liliana García, el fiscal torció la mirada hacia el chisme del niño y citó a Teresa Agúndez, Antonio Agúndez y Josefina Sandoval. Sus declaraciones, llenas de pequeñas diferencias (¿Rosa Isela y el policía? ¿o solo Tere con señas de ojos? ¿chocolate o sabritas?), habrían sido magnificadas si la sospechosa hubiera sido Lupita. Pero como no lo era, el fiscal dejó pasar las contradicciones como quien mira para otro lado. Mientras tanto, se agregaron al expediente los dictámenes periciales: tres de dactiloscopia, tres de criminalística, cinco de bioquímica. El jefe de criminalística, José Irineo Martínez Ordaz, hizo su teatro científico. Reveló el celular de Edith con polvos y brochas, usó lupa y guantes de látex, pero no encontró huellas “por la porosidad de la superficie”. Observó la ventana trasera de la casa y concluyó que a cierta hora la visibilidad era nula por el reflejo solar… aunque Lupita estuvo ahí a la hora en que el aire acondicionado aún no proyectaba su sombra protectora. El perito también desdobló el papel aluminio: no había orificio de cinco centímetros. Lupita había dicho la verdad: el niño pudo haber movido el papel sin romperlo. Encontraron un cuchillo en la Blazer, una lámpara negra “Made in Indonesia” bajo un ciruelo. Huellas latentes que no coincidían ni con Lupita ni con Sebastián. Un hombre y una mujer habían estado allí. Técnicamente, Lupita quedaba fuera de la escena del crimen. Cajetillas de Marlboro y Marlboro Light, botellas de cerveza Modelo, una cadena de oro que terminó en manos de un licenciado… El perito en química forense, Ismael Álvarez Trasviña, dictaminó que en el cuchillo hallado no había restos de sangre. Y así, entre preguntas absurdas, mitotes elevados a la categoría de prueba y peritajes que más bien parecían escudos, la verdad fue enterrada con cuidado. No con palas ruidosas, sino con el silencio metódico de quienes deciden hacia dónde debe apuntar el dedo acusador. La verdad, como siempre, quedó sepultada bajo toneladas de papel, preguntas torcidas y la voluntad inquebrantable de no ver lo que realmente ocurrió aquella tarde en los condominios Coromuel.

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