Confidencias (19)

Confidencias Un mes antes de que la sentencia cayera como un hacha sobre el cuello de los días, el juez penal de Cabo, Rubén Darío Ramírez Audevez, se inclinó hacia Jacinto Romero y le confió, con voz baja de quien ya sabe que la verdad es un animal herido: —Tengo otra óptica de este enredado caso Edith. Cuando yo dicte sentencia, muchas dudas se despejarán… o se volverán más oscuras. Y así lo hizo. Con mesiánica solemnidad, el juez sentenció a más de veinte años de prisión a tres almas: Jorge Manuel Mogíca Martínez, el matón designado; Guadalupe de la Peña Márquez, la mujer que sostenía en sus brazos a Luis Antonio como quien sostiene un destino; y Candelario Ríos Martínez, el que esperaba afuera, echando aguas en la noche, vigilante de sombras. Mientras tanto, Sebastián Romo Carrillo, con la alegre despreocupación del dinero bien colocado, compró un escaño en la lista de diputados de representación proporcional. El fuero constitucional le cayó encima como un manto de seda y acero: seguridad jurídica para quien ya la tenía comprada. Por iniciativa propia, casi por impulso de una conciencia que no terminaba de callar, Jacinto Romero comenzó a visitar a Lupita de la Peña en la cárcel de La Paz. Allí descubrió, primero con sorpresa y luego con una especie de turbada admiración, que la belleza física de aquella mujer era de las que enloquecen a más de cuatro hombres y a algunos más que no lo admiten. Pero había algo más peligroso aún: tenía capacidad de respuesta, inteligencia viva, una lengua que no se doblegaba ante las rejas. Se comprometió entonces a mover influencias en el juzgador de segunda instancia. Para ello, armó una serie de entrevistas a cada uno de los sentenciados, como quien recoge fragmentos de un espejo roto para intentar recomponer, aunque sea torcidamente, una verdad histórica que había enlutado a la sociedad cabeña. Coincidentemente —o no tan coincidentemente—, Mario Santiago, director de la revista Compás, lo invitó a colaborar. El puente había sido tendido por Humberto Zamora, director de Comunicación Social del IX Ayuntamiento de La Paz. Así nació, en la edición número 87, una serie de reportajes que olían a sangre vieja y a política más vieja aún. En el primero de ellos se lee: «Jorge Manuel le confió al entrevistador, con la voz todavía temblorosa de quien ha sido quebrado, que Inocencio Deivid lo había torturado junto con dos judiciales más hasta que dijo que sí, que él había sido el matón. Para el asesinato usó una navaja 007, fría como la traición. La ropa que traía puesta ese día la arrojó cerca de El Médano, como quien tira un pecado. La navaja la lanzó en el trayecto hacia Baja Sport, donde trabajaba, como si pudiera deshacerse también del gesto que la empuñó. En su declaración ministerial había dicho que un tipo al que llamaban Romo lo contrató por cinco mil pesos y le prometió otros cinco cuando terminara el trabajo. El día que lo contrató, el individuo vestía short, camiseta y tenis…» (Salvador Vidaurri, momentos antes de la entrevista, se había acercado al oído de Jorge Manuel como una serpiente susurrante y le había sugerido que dijera «Romo» en lugar de Jorge García. La memoria, al servicio del poder, se vuelve maleable como cera caliente). Candelario Ríos Martínez, por su parte, habló con la seguridad del que se sabe pasajero de una injusticia temporal: —El día del homicidio yo estaba trabajando en la Unión Americana. En unos días presentaré los papeles que lo acrediten. Esto es político, compa. A mí no me interesa lo que pasó antes del 10 de agosto de 1996, día en que me detuvieron. Y luego, con voz más baja, casi confidencial: —Póngale ahí que Salvador Arce Delgadillo, el fiscal especial para el caso Edith, tiene mucho interés en el asunto… o es un incapaz, o recibe mucho dinero. Recuerdo que el Willars, un pinche judicial, me golpeó hasta que me vio llorar sangre. Todos son lo mismo. Aquí protegen a alguien. Se quedó mirando al vacío un instante y se preguntó en voz alta: —¿Usted cree que yo me metería en un problema así? No, compa. No necesito. Vivo a gusto. Mi familia tiene dinero. Estoy casado con una gringa. Luego, recomponiendo la garganta al estilo de Carlos Monsiváis, con esa ironía trágica que sólo tienen los presos que aún conservan el alma: —Yo tengo mis dudas porque cuando fui detenido, en una celda de la policía de Cabo, pasó el Rayado a ver a un pastor de su misma religión al que acusaban de violador. Después de eso, el Rayado salió libre. A partir de ahí, ese cabrón empezó a acusarme. Yo creo que negoció la libertad del pastor a cambio de señalarme a mí… y a esa pobre muchacha a la que ni siquiera conozco. Repitió, casi como un mantra: —Esto es un asunto político. Dentro de poco saldré libre. El reportero, curioso, le preguntó: —Cuando salgas, ¿acusarás al Estado por daño moral? —¡No compa! —exclamó Candelario con rapidez casi ofendida—. Con unos días que trabaje en la Unión Americana recupero el tiempo perdido. Contra el gobierno no se puede, compa. No se puede. Lupita de la Peña, en cambio, fue más cauta. No quería declarar ante los medios; ya le habían hecho demasiado daño. Pero a Jacinto Romero, en voz baja, casi como quien entrega un secreto que quema, le confió algunos hilos sueltos de la madeja: —Investigue por qué andaba la esposa del doctor Acosta en la madrugada del 30 de julio de 1995, cerca del domicilio donde Edith había dejado a su niño. Por ahí está la punta de la madeja… Siga ese hilo. Ahí late algo que todavía nadie ha querido tocar. Y se quedó callada, hermosa y peligrosa, con esa belleza que no pide permiso y esa inteligencia que, en la cárcel, se vuelve más afilada que cualquier navaja 007. Fuera de los muros, la sociedad cabeña seguía enlutada. Dentro, tres destinos giraban lentamente en la rueda de la injusticia o de la verdad, según quien contara la historia. Y Jacinto Romero, con sus libretas llenas de confesiones a media voz, seguía caminando entre la luz y la sombra, buscando el momento en que las piezas rotas del espejo volvieran a reflejar, aunque fuera por un instante, un rostro reconocible.

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