Asalto a Tembabichi (3)
Asalto a Tembabichi
En la penumbra del Golfo de California, donde el mar besa la tierra con labios de sal y olvido, yace el pequeño poblado de Tembabichi, un puñado de doce casas de madera y palma, enclavado a cuarenta kilómetros de la Isla del Carmen, en Baja California Sur. Apenas sesenta y siete almas habitaban aquel rincón del mundo, pescadores de manos callosas y miradas que sabían leer el horizonte como quien lee un antiguo poema de olas y vientos.
Allí, en la madrugada del 6 de mayo de 1989, el cielo se rompió con el rugido metálico de un helicóptero. Su sombra negra descendió como un ave de presa sobre las techumbres humildes, despertando a los dormidos con el latido del miedo ancestral. Los habitantes, asustados, huyeron hacia el monte, buscando refugio entre las espinas y las sombras; pero el monte ya estaba habitado por la muerte.
Treinta hombres vestidos de negro, como demonios escapados de algún averno burocrático, los esperaban. Llevaban cuernos de chivo relucientes, usis sedientos de plomo, pistolas al cinto, granadas como frutos prohibidos, navajas pegadas a las piernas y los rostros pintarrajeados de guerra, boinas torcidas sobre cabezas sin piedad. Eran los Carrola y sus huestes: federales y madrinas, una jauría de autoridad y brutalidad fusionadas en una sola sombra.
Las mujeres estallaron en ayes que parecían venir del fondo mismo del alma herida. Se aferraban a sus hijos como si el mundo se estuviera deshaciendo entre sus brazos. Los hombres, con el pecho hinchado de inútil coraje, intentaban interponerse. Los ancianos, envalentonados por esa dignidad que solo da la vejez, se atrevieron a preguntar:
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?
—¡No se hagan pendejos! —rugió Jesús Ignacio Carrola, con la voz afilada como machete—. ¡Queremos a los pinches narcos que ustedes protegen!
—No sabemos de qué nos hablan —respondieron, con la inocencia temblorosa de quien dice verdad ante el abismo.
Entonces cayó el primer culatazo. Carlos de la Toba besó el polvo. Su hermano Miguel suplicó:
—¡No, compa! ¡No lo golpee! Nosotros no sabemos nada…
El caos se volvió sinfonía de histeria. Mujeres y niños gritaban con esa locura emocional que solo nace del terror puro. Miguel Ángel Carrola se acercó, lento y seguro, como quien pasea por su propio infierno:
—¡No griten, hijos de la chingada! A la siguiente vieja que grite, me la cuelgan de ese árbol —señaló un frondoso uña de gato, cuyos espinos parecían ya preparados para recibir carne humana.
Separaron del grupo, como quien selecciona reses, al subdelegado Feliciano Cota Fernández, a Ramón Amador y a los hermanos De la Toba. Los amarraron de pies y manos en medio del caserío. Luego llegaron las madrinas —el Cotorro, el Agua Mala, el Flecha— y desataron su fiesta de patadas y puñetazos. Los cuerpos se doblaban como cañas bajo la tormenta. Los familiares, atados con sogas entre árboles y enramadas, solo podían mirar, impotentes, cómo la dignidad humana era pisoteada como basura.
El pitazo había venido de Modesto “el Chapo” Acosta, un delincuente protegido por el abogado Salvador Vidaurri. Les había prometido un yate cargado de droga, paquetes que caían del cielo sobre la Isla del Carmen y que gringos recogían en lanchas rápidas desde La Paz. Mentira todo. El soplón los había enviado a saquear inocentes para seguir financiando sus propios asaltos y secuestros en Comondú.
Los golpeados fueron encerrados en los cuartuchos. Allí continuaron la tortura. Sus ayes de dolor, largos y desgarradores, cumplieron su propósito siniestro: en las mentes aterrorizadas de los pobladores comenzó a germinar la idea de que estaban violando a sus hombres. Entonces las lenguas, quebradas por el miedo, empezaron a balbucear nombres: gringos y mexicanos que alguna vez habían llegado a pescar, a tenderse en la playa bajo el sol, a contemplar el turquesa hipnótico del mar.
Mientras tanto, los compadres y madrinas entraban como lobos en las casas. Robaron lo poco que había: dijes que brillaban con recuerdos, relojes que marcaban horas más felices, cadenas de oro delgadas como esperanzas, algo de dinero, cámaras fotográficas, binoculares y hasta los libros de la profesora. Antes de partir, amagaron a Susana de la Toba —la más valiente, la que parecía hecha de la misma madera resistente del desierto—:
—Convence a todos de que no hablen. Ni con la autoridad, ni con los periodistas. O volveremos.
El operativo fue un fracaso. No había narcos. Solo pobres pescadores y un botín miserable. Con la decepción pesando como plomo en los hombros, Miguel Ángel abordó el helicóptero. Jesús Ignacio se perdió entre el monte, donde lo esperaban camionetas y pick-ups. Por radio, la despedida fue fría y reveladora:
—Nos vemos en La Paz. Pero antes pasa por ese cabrón que nos engañó. Dale de esa sobadita que tú ya sabes.
—Si se me pasa la mano, ¿no hay pedo?
—Ese güey que anda con el Chapo… me lo quiebras.
—Ókey. Nos vemos.
—Adiós.
Cuando el helicóptero se perdió en el horizonte como un mal sueño que se disipa, los pobladores, aún temblando, hablaron por radio con Loreto. Les dijeron: “Hablen para La Paz. Procuren contactar a los muchachos del PRD”.
No tardaron. Los diputados del PAN, Iván Maciel Luna y Torcuato Camarena, acompañaron a Juan Pablo López Yee, del naciente Partido de la Revolución Democrática, hasta Tembabichi. Allí escucharon, con el corazón encogido, el relato vivo del abuso. Aún se veían las marcas de los azotes en las espaldas, las magulladuras violetas de las sogas en muñecas y tobillos. Los convencieron de denunciar.
En Ciudad Constitución, Feliciano Cota, Ramón Amador, Miguel, Carlos y Susana de la Toba firmaron la denuncia ante el secretario del agente del Ministerio Público Federal, José Luis Esparza Cortina.
Para presionar, los diputados elevaron su voz en la asamblea legislativa. Juan Pablo López Yee inició una huelga de hambre en el jardín Velasco de La Paz, ofreciendo su cuerpo como testimonio mudo de la injusticia.
Pero en las alturas del poder, la respuesta fue otra. Guillermo González Calderoni, jefe de intercepción aérea y marítima de la PGR, preguntó a Miguel Ángel:
—¿Qué chingados hicieron?
—Nada, jefe.
—Dicen que hay denuncia… que los diputados van a enviar un documento…
—No se preocupe. Ya el Jorobado tiene arreglado eso. El expediente… se perdió.
El gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques era conocido como “el Jorobado”. Y los Carrola, con la complicidad natural de quienes pertenecen a la misma especie oscura, obligaron al propio Chapo Acosta a secuestrar al secretario que había recibido la denuncia. La averiguación previa se estancó en el pantano de la impunidad.
Los habitantes de Tembabichi jamás recibieron explicación ni justicia. En la asamblea, los diputados del PRI —Jorge Álvarez Gámez, Domingo Aragón Ceseña, Alfredo Martínez Córdoba, José María Alejandro Garma Díaz, Vicente García Martínez, José Manuel Murillo Peralta y Alicia Gallo de Moreno— votaron en bloque por el silencio, por órdenes directas del gobernador.
Así quedó escrito en la memoria colectiva de aquel rincón olvidado: un poema trágico de poder, codicia y crueldad. Donde el Estado, en vez de proteger, se convirtió en lobo; donde la justicia fue un yate fantasma que nunca llegó; y donde sesenta y siete almas sencillas aprendieron, a golpes y a sangre, que en ciertas madrugadas mexicanas, el cielo no trae ángeles, sino helicópteros negros cargados de infierno.
Tembabichi sigue allí, pequeño y terco, frente al mar turquesa que todo lo ve y todo lo calla. Sus pescadores continúan echando las redes, pero en sus ojos aún flota, como niebla eterna, el recuerdo de aquella noche en que la autoridad se disfrazó de demonio y les robó, junto con sus pocas pertenencias, la ilusión de que la ley podía ser justa.

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