Venció Tomás (13)
Venció Tomás
El rostro del comandante Miguel Ángel Carrola Gutiérrez se quebró como máscara de barro seco bajo el sol implacable de la impunidad. Salió del privado con los ojos inyectados de rabia contenida, esa rabia que no grita, sino que susurra órdenes letales. Ante sus agentes, la voz le salió ronca, casi un lamento de lobo herido:
—Nos vamos para Mexicali, Baja California. Hay que dejar esta plaza. Llévense todo lo que puedan rapiñar hasta el día 15. Y vayan con sus protegidos… que les quiten hasta el último aliento de lo que guardan.
Luego, más sereno, como quien afila un cuchillo en silencio, ordenó a su hermano:
—Jálate a Egidio. Que entre al privado.
En la penumbra de aquel cuarto que olía a cigarro rancio y miedo añejo, el agente del Ministerio Público Egidio Torre Gómez y el comandante sellaron un pacto de sombras. Consignarían a Omar Yáñez Álvarez y a Juan Sandoval Cota como los autores materiales de la muerte de Fernando Jordán de la Toba, el joven deportista cuya sangre aún manchaba las páginas no escritas de la justicia.
—Tenemos que proteger a mi sobrino —murmuró Miguel Ángel, con la voz baja y viscosa—. Convéncelos de que aguanten la vara. Diles que en un año, a lo mucho, estarán fuera.
Egidio, con la sonrisa torcida de quien negocia almas, respondió:
—Tenemos que darles una feria.
—Ah, y conseguí que te quedaras para cuidarnos las espaldas.
—Mientras esté aquí —insistió Egidio, fingiendo indiferencia—, les tengo que dar su feria.
—No te preocupes —añadió el comandante con resentimiento que ardía como brasas bajo la ceniza—. Al pinche Jorobado se lo quitas. Y si un día no quiere ponerse, nos bajamos y lo matamos.
Los escogidos para cargar la cruz ajena aceptaron contra su voluntad. Sabían que negarse era firmar la sentencia de un hijo, de un hermano, de la propia carne. Además —les recordaron con saña—, ellos habían sido los que detuvieron al muchacho.
—Tu hermano y tu sobrino también participaron —se atrevió a defenderse Juan Sandoval.
—¡Cállate, pendejo! —rugió Miguel Ángel, y en sus ojos brilló el plomo—. ¿Quieres que uno de tus hijos reciba plomo? Acepta lo que te propongo. Son órdenes de arriba. Les tocó perder.
Aceptaron al unísono, con la garganta seca. El recuerdo del pelotón asesino comandado por Guillermo González Calderoni —aquel demonio de uniforme que en 1989 arrastró con crueldad al líder petrolero Joaquín “La Quina” Hernández Galicia, y que un año antes había teñido de sangre la política al participar en el homicidio de los operadores de Cuauhtémoc Cárdenas— les heló la sangre. Calderoni, el policía consentido de Salinas, el que fortaleció el Cártel del Golfo mientras fingía combatir el narco desde las alturas del control aéreo.
Porque en aquellos años turbios, el cielo de Baja California Sur era un tablero de ajedrez donde las piezas caían según conveniencia. Desde 1987, los gringos habían instalado bases de detección con aviones Hawkeye que vigilaban como ojos de águila a más de treinta mil pies. Detectaban todo: avionetas que volaban rasantes, rozando el mar como gaviotas negras cargadas de muerte.
Judas Aguilar, piloto de Aerocalifornia, confesaba entre sábanas revueltas con Graciela Estrada:
—Para que no me detecten, me voy a ras del mar.
—¿No tienes miedo? —preguntaba ella, secándose el cabello.
—Los pinches gringos son los que promueven las guerrillas —respondía él con cinismo de quien conoce el doble fondo del mundo—. Todo lo que dicen en la tele es mentira.
Y mientras tanto, las avionetas bajaban al rancho Cerro Colorado, propiedad del gobernador Víctor Manuel Liceaga Ruibal. La DEA lo sabía. Lo notificó. Pero el jefe de interceptación aérea era cómplice. Paralelamente, Blanca Fisher, con la furia de una leona defensora de los débiles, denunciaba en plazas públicas cómo motoconformadoras de la Secretaría de Agricultura trabajaban en el rancho de los Liceaga en Santiago, donde se presumía el aterrizaje de cargamentos de cocaína. Mostraba fotos. Gritaba verdades. Los medios callaban, comprados con nóminas, casonas y comilonas.
La revista Punto publicó en mayo de 1988 un reportaje valiente: aviones desde Colombia evitaban Cabo San Lucas y surcaban el mar patrimonial hacia San Diego, con centenares de pistas clandestinas abajo, como venas abiertas en la tierra.
Bajo presión diplomática, el gobernador tuvo que sacrificar a sus hermanos René y Agustín. El 24 de junio dio la “trágica noticia”: sus hermanos, sin que él supiera, estaban en el trasiego. Los periodistas enmudecieron; sabían que la verdad costaba la vida cómoda. Solo Francisco King Rondero, “don Pancho”, dio cobertura. Meses después, un virus extraño lo silenció para siempre.
Los hermanos Liceaga fueron detenidos con lujo de oportunidad: sacaron ganado, joyas, autos de lujo. Lo decomisado les fue devuelto un año después, junto con la absolución de la Suprema Corte. ¡El colmo de la farsa! Y siguieron en el negocio mientras el hermano gobernaba.
Para cubrir el escándalo, el gobernador ordenó una sinfonía de adhesiones prefabricadas: sindicatos, clubes, empresas, todos aplaudiendo al unísono. Su jefe de prensa, Julio César Saucedo Beltrán, recibió una residencia en Monterrey por orquestar la mentira. Los pagos se facturaron fuera del presupuesto, a nombre de Manuel Fajardo Bellizia. Distracciones: asaltos a oficinas de la CTM, movimientos de pensionados, comilonas de puercos en estacionamientos, borregos con pancartas marchando para “apoyar” al ejecutivo.
Así, en el teatro de la impunidad, donde la justicia era una puta barata y el poder un verdugo con traje de gala, venció Tomás.
Venció la sombra sobre la luz.
Venció el pacto de lobos sobre la memoria del joven deportista caído.
Venció la corrupción que vuela rasante, como aquellas avionetas cargadas de polvo blanco y almas negras, rozando el mar patrimonial de un México que aún finge no ver las pistas clandestinas bajo sus pies.
Porque en esta tierra de contrastes, donde el desierto besa el océano y la sangre se confunde con el atardecer, siempre hay un Tomás que vence. No el héroe, sino el arreglo. No la verdad, sino el silencio comprado. Y los nombres cambian, pero la danza macabra de poder, dinero y muerte sigue girando, eterna, bajo el mismo cielo impasible.

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