Detención de Esaúl (15)

Detención de Esaúl Corría el año de 1991 cuando el comandante Alberto Robledo Serrano, después de haber sido durante doce meses el ángel guardián de los mañosos mejor arreglados con los jefes políticos del estado, fue trasladado a las tierras calientes de Tamaulipas. Allí siguió vendiendo su sombra protectora a los mismos intereses de primer nivel. En su lugar llegó, como un mal presagio envuelto en polvo sonorense, un comandante nuevo, precedido por fama de maldito desde su natal San Luis Río Colorado. Apenas una semana había transcurrido cuando, en contubernio perfecto con Guillermo Murrieta López, irrumpieron en la isla del Carmen y cayeron sobre los narcos que allí operaban como si fueran dueños de la marea y del viento. Aquella tarde, los periodistas Alberto González y Jacinto Romero, novel este último, entrevistaban al delegado de la PGR, Mario Lagos Hernández, en las oficinas de Márquez de León. De pronto, la puerta se abrió con violencia de tormenta. Entraron varios agentes federales escoltados por sus madrinas, empujando a siete detenidos con las caras marcadas por el miedo y la humillación. Alberto González entrecerró los ojos y, en voz baja, casi un susurro conspirador, le clavó el codo a su compañero: —Mira… ese cabrón de ahí es Esaúl Carreón Lara. —¿Quién es ese pendejo? —preguntó Jacinto, todavía limpio de las verdades más sucias. —Es el presidente de la Asociación de Agricultores del Valle de Santo Domingo —respondió Alberto, con la voz cargada de plomo—. Un tipo muy pesado. De esos que mueven más que tractores y fertilizante. Los federales venidos de Sonora parecían tallados con la misma navaja que los Carrola: igual de filosos, igual de oscuros. Apenas habían pisado La Paz cuando ya corría la leyenda de que uno de ellos había dejado tres marineros muertos en las calles de San Luis Río Colorado. Los borrachos, decían, se le habían echado encima al coche. Esa fue la excusa jurídica, la coartada que siempre huele a pólvora y mentira. Días después, en la esquina de 5 de Mayo y Valentín Gómez Farías, otro de aquellos agentes se encendió como mecha corta porque un humilde trabajador del Seguro Social, Mario López, se atrevió a rebasarlo. Lo persiguió, lo obligó a bajar, y cuando el hombre preguntó extrañado “¿pero por qué?”, el federal sacó la pistola y rugió: —Porque soy federal, cabrón. Mario López sonrió con esa risa nerviosa de quien aún cree en la razón. El puñetazo lo tiró cuan largo era. El federal, desde el suelo, disparó. La bala, misericordiosa por una vez, sólo le rozó el abdomen. La sangre y los curiosos salvaron la vida de ambos. Denunciaron. El procurador Jorge Álvarez Gámez, en lugar de justicia, sólo ordenó decomisar el vehículo del federal… para luego vendérselo, con discreta elegancia, a una licenciada que fungía como ministerio público en el juzgado penal. En otra casa, en las calles 16 de Septiembre y Guillermo Prieto, un tercer federal golpeó salvajemente a un homosexual que no quiso satisfacer sus apetitos más bajos. Con ese escándalo fabricado, el procurador de justicia del estado tejió una cortina de humo espesa y oportuna. Los diarios se llenaron de improperios contra los federales, reabriendo las viejas heridas dejadas por los Carrola, como quien remueve una llaga para que nadie mire hacia el verdadero cáncer. En el prostíbulo El Rey, bajo la luz roja y el olor a cerveza rancia y perfume barato, el comandante Guillermo Murrieta López estrelló contra el piso dos botellas de güisqui. El vidrio estalló como balas. —¡Chingada madre! —rugió, con el brazo todavía temblando de furia—. Se me acaba de ir el negocio de mi vida. Luego, con los ojos inyectados, le ordenó a los músicos: —¡Toquen, cabrones! Martín “El Chicle” Hirales Ojeda intentó levantar el ánimo con la tarola, iniciando un corrido de federales y narcos. Apenas sonaron los primeros acordes, Murrieta lo detuvo en seco: —¡Esa no, güey! Los Carrola le habían prometido que en Baja California Sur los políticos estaban hasta el cuello en el trasiego. Sólo era cuestión de saber llegar, de encontrar la puerta correcta y tocar con los nudillos adecuados. Ahora esa puerta se le había cerrado en la cara. Solo El Peninsular se atrevió a contar la detención completa: turbosina, pangas, cuatrimotos, binoculares, armas largas, cartuchos y radios de banda corta. El boletín oficial apenas mencionaba cinco nombres. A los pocos días, el juzgado de distrito soltó a tres. Quedaron señalados César Bejarano Cervantes y Rubén Palacios Guitrón. Alberto González, convencido de que Esaúl Carreón Lara también estaba metido hasta las orejas, insistió en el diario. Pero cometió un error fatal: en lugar de escribir Armando Tijerina, escribió Víctor Tijerina. La hija de Víctor, con toda la razón del mundo, exigió que el nombre de su padre quedara limpio. El Peninsular pidió disculpas formales, como manda la ley, pero nunca investigó quién era realmente el acompañante del “pesado narco choyero”. Algunos periodistas murmuraron, con media sonrisa, que Esaúl les había callado la boca con un fajo grueso de billetes verdes, de esos que no hacen ruido pero pesan más que la verdad. Desde entonces, el presidente de la Asociación de Agricultores del Valle de Santo Domingo ya no fue molestado. Todos los medios —absolutamente todos— bailaban al son que les marcaba el gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques, ya fuera por medio de su secretario general de gobierno Daniel Sánchez Cataño, de su secretario de prensa Aristóteles Brutus Lemus, o, en los casos más baratos, por el secretario de finanzas Braulio Wong Yee. Al comandante venido de San Luis Río Colorado lo cambiaron de adscripción. Su error había sido exhibir a los narcos que estaban arreglados con el hermano del Presidente de la República. Lo sustituyó, por unos meses, el segundo comandante del mismo grupo sonorense. A partir de entonces, los protegidos de Raúl Salinas de Gortari fueron intocables. Cuando los periodistas Alberto y Jacinto le preguntaron al delegado Mario Lagos Hernández por qué habían corrido al comandante, este sonrió con la seguridad de quien sabe que la mentira es oficial: —No lo corrimos. Le cayó mal el clima de Baja California Sur. Por su salud, tuvo que irse a otro estado. Alberto alcanzó a balbucear, con sorna amarga: —¡Ah qué Mario! Eso ni el más chamaco se lo cree. Mario Lagos se encogió de hombros y, como quien lanza un hueso a los perros, les filtró otra especie: que el primer procurador de justicia de la administración juandieguista estaba traficando con abulón. —Investíguenlo —les dijo, dorándoles la píldora—. Ahí pueden sacar una buena nota. Eso es lo que ustedes buscan, ¿no? Informar con veracidad al pueblo. Otro suceso vino a salvar a Esaúl de las miradas incómodas. Una madrugada, un avión Comander de la Fuerza Aérea Mexicana despertó a toda La Paz con su rugido. Perseguía a una avioneta Cessna que había cruzado desde Guatemala, procedente de Cali, Colombia. Los aviones espías gringos la habían detectado y alertado. La nave bajó en una pista clandestina construida por los norteamericanos cerca de Las Cruces, a cuarenta kilómetros de la capital. Los militares y agentes de la PGR dieron con los narcos cuando estos saltaban la barda de una bodega en las calles Antonio Álvarez Rico, frente al Conalep. Dentro de una casona en Ocampo y México habían dejado la droga. Al año siguiente, esa misma bodega serviría como casa de campaña para el candidato del PRI a la gubernatura, Dante Prieto Navarro. Decomisaron 720 kilos de cocaína base y una silla de montar con galardones y letras de oro: “PG”. Las iniciales coincidían con las de Pamela Guitrón, esposa de Juan Diego Gaxiola Jaques. Para apagar el escándalo, la mujer añadió el apellido de su padre y se convirtió en Pamela Castillejos. En el club Nido de las Águilas, el Tanayo Solano todavía recordaba a su hijastra con un suspiro lujurioso: —¡Mamacita! —Cállate, pendejo —lo cortaba el Bitoque Velarde—. Es tu hija, cabrón. Respétala. —De veras, güey —contestaba el Tanayo, orgulloso y borracho, alardeando de su entenada. Antes de aquel escándalo de la silla de montar, tanto el Bitoque como el Tanayo ya habrían muerto víctimas del alcoholismo, convertidos en borrachos apestosos ante una sociedad que nunca entendió que el vicio es una enfermedad del alma que pudre también el cuerpo y el espíritu. Para calmar a los agentes de la DEA, la PGR exhibió al perito de tránsito (aquel que alguna vez Luis Ernesto Servín le había pedido a los Carrola que no revisara) y a un supuesto albañil. A los verdaderos dueños, por supuesto, ni los rozaron. Jacinto Romero, fiel a la promesa que se había hecho la noche en que mataron a Fernando Jordán de la Toba, escribió la nota. Tomó algunos conceptos de La Cotorra, pero ocultó los nombres de los funcionarios cómplices. Lo hizo por su seguridad y la de su familia. El editor la publicó con el titular lapidario: “Borrachines y mariguanitos presos; los peces gordos sueltos”. En el texto citaba a Raúl Valenzuela Lugo, recordando cómo la necesidad de heroína de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial abrió la puerta a la siembra de marihuana en México. Sinaloa controlaba entonces el noventa por ciento. Los orientales de la compañía Du Boleo en Santa Rosalía conocían la técnica, pero la usaban sólo para consumo propio, siguiendo tradición o vicio. Nada que alarmara, decían los Pachecos en su Manifiesto. Pero la siembra y el tráfico trajeron una guerra extraña: se combate la droga y al mismo tiempo se la respeta, porque en la mayoría de los casos el dueño y el perseguidor son la misma persona. En Baja California Sur, durante los últimos sexenios, sólo seis o siete personas controlaban todo el trasiego peninsular. Por eso resultaba grotesco que sólo el perito y el albañil cargaran con la culpa de los 720 kilos encontrados en Ocampo y México, cuando todo el mundo había visto a “el Chalán” junto a ellos. Los tres trabajaban para Tomás Cota Sánchez, el hombre de empresas que, según se murmuraba, había regalado aquella silla de montar con iniciales de oro. Al día siguiente de publicada la nota, Aristóteles Brutus Lemus llamó al editor del diario y le ordenó, sin rodeos, que despidiera al atrevido Jacinto. De lo contrario, se acabaría el convenio con el gobernador. —Ustedes mandan —contestó el editor, sumiso. Esa misma semana, Jacinto se presentó con sus notas semanales. El director lo miró con frialdad: —Fíjate que ya no podrás seguir con nosotros. No tenemos dinero para pagarte. —Pero si no me pagan… me tiran con cien miserables pesos a la semana —protestó Jacinto, comprendiendo de golpe. —Ni modo —cortó el director—. Así son estas cosas. Y así, con la misma naturalidad con que se apaga una vela, se apagó la voz de un reportero que se había atrevido a mirar demasiado cerca del fuego.

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