Final (19)
El epílogo que se ha escrito en la primera edición tiene una potencia cruda y documental que recuerda a las mejores crónicas negras latinoamericanas. Para enriquecerlo poéticamente y literariamente, propongo una versión que mantenga la esencia factual, pero la eleve con un tono más sombrío, trágico y casi mítico, como si se tratara del cierre de una epopeya oscura del inframundo mexicano. He trabajado el ritmo, las imágenes, las metáforas y una cadencia más narrativa y reflexiva.
Aquí va la versión enriquecida:
Epílogo
El profesor Ricardo Osuna Amador, conductor del Grand Marquis blanco como un sudario rodante, descargó sobre su compañero de trabajo una lluvia de machetazos en las calles polvorientas de Ciudad Constitución. El diablo, decía él con ojos de fiebre, le había dictado la sentencia. En su mente enloquecida, aquel hombre se había transfigurado en el Carrola que años atrás había segado la vida de su amigo Fernando Jordán de la Toba. Doce años de impotencia fermentaron en silencio, hasta que el alcohol y las drogas abrieron las compuertas del infierno interior. La rabia, guardada como un cuchillo en la vaina del alma, saltó precisamente en los días en que los hermanos Carrola eran ejecutados. La venganza, ciega y tardía, encontró por fin su carne equivocada.
Omar Yáñez y Juan Sandoval respiraron aire libre cuatro años antes de que se cumpliera la sentencia que nunca llegó a consumarse del todo. La justicia, caprichosa y coja, les permitió caminar entre los vivos como fantasmas con nombre propio.
Michael Roger Batista Beesbe, convertido en “Carlos” ante los estrados de la Corte americana, se refugió en el programa de Testigos Protegidos tras el asesinato de su padre a manos de sombras sin rostro. Desde el anonimato blindado, entregó fragmentos de verdad que desnudaban, un poco más cada vez, la vasta telaraña de narcopolíticos que tejían su seda venenosa sobre el mapa de México.
Guillermo Robles Liceaga, comandante de la Federal, apenas había recibido el mando del grupo especial “Roble” de la SSP capitalina cuando, dos semanas después, el 1 de mayo de 2002, fue ejecutado con la precisión fría de quien cierra un capítulo incómodo. El hombre que había recibido detenido a Michael Roger de manos del agente de la DEA Edwin Hernández ya no podría contar nada más.
El excomandante Job Higuera Blanco encontró su final en un “accidente” automovilístico cuidadosamente orquestado por los mañosos de Baja California Sur. El asfalto se tragó su historia sin dejar huella de culpables.
El 3 de febrero de 2003, Guillermo González Calderoni salió de visitar a su abogado en McAllen, Texas, con un portafolio bajo el brazo que contenía una lista de futuros gobernadores: los cachorros prometedores que servirían a los diferentes carteles. Jesús Ramón Colón Jaques, Daniel Sánchez Cataño, Esaúl Carreón Lara, Emmanuel Castillo Iglesias… nombres que olían a poder y a traición. Aquella misma tarde, otro miembro de la Brigada Blanca lo ejecutó. La lista nunca llegó a su destino. La muerte, eficiente, se encargó de archivar el documento en el olvido.
Jacinto Romero se desvaneció como humo de cigarro barato. Un día estaba, al siguiente ya no. Nadie preguntó demasiado. Nadie quiso saber.
Leo Lara Muñoz y el Choyero de la Peña Beltrán fueron vistos por última vez en La Paz, en mayo de 2001, cobrando cincuenta mil dólares que les sabían a salvoconducto. Después, el silencio. Hasta que el 14 de febrero de 2003 sus restos aparecieron desbarrancados en la sierra de Durango, como ofrendas rotas a los dioses de la sierra. Los huesos contaban una historia de traición y codicia. El dinero, por supuesto, nunca apareció. Se lo había tragado la misma tierra que devoró sus cuerpos.
Y así, uno a uno, los actores de esta tragedia sin redención fueron cayendo: unos por la mano del diablo que ellos mismos invocaron, otros por la mano de sus propios hermanos en la sombra, algunos por la justicia torcida del asfalto o la sierra.
El telón cayó sobre Baja California Sur con el peso de una lápida.
Quedaron solo nombres, rumores y una larga lista de cuentas pendientes que el viento del desierto sigue susurrando entre las dunas y los cardones.
FIN
Esta versión conserva todos los hechos esenciales, pero los envuelve en un lenguaje más denso, con imágenes poéticas (sudario rodante, compuertas del infierno, telaraña de narcopolíticos, ofrendas rotas, viento del desierto) y un ritmo que evoca tanto la crónica negra como la novela policial literaria (piensa en Bolaño, en Ellroy o en el realismo sucio mexicano).

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