Entrevista audaz (20)

Entrevista audaz Leonel Castro Cadena se inclinó hacia Jacinto Romero como quien entrega un puñal envuelto en terciopelo. En voz baja, casi jubiloso, le confió que había descubierto la falsificación de firmas en el expediente de Edith Agúndez. Estaba seguro —dijo— de que aquellas rúbricas torcidas habían nacido en el despacho de Salvador Vidaurri, con el beneplácito silencioso de la procuradora Blanca Larriñaga. En el legajo se veían declaraciones amañosas, cosidas con hilo negro, como heridas mal suturadas. —¡Investígalo! —le pidió, con los ojos brillantes de quien huele sangre fresca—. Tengo entendido que Salvador Vidaurri te tiene cierta consideración. —Voy a tratar —respondió Jacinto, seco, como quien cierra una puerta para no hablar de lo que ya sabe que quema. Con el pretexto de un pleito entre el yardero Ramón Rodríguez Figueroa y Manuel Salvador Cosío Amador, el reportero se presentó en el despacho. Salvador Vidaurri lo recibió con esa cortesía aceitosa de los abogados que han aprendido a sonreír mientras apuñalan. —Ese asunto lo lleva mi ayudante Tintán Orihuela —dijo, señalando con desgano hacia el privado. —Pero Chucho —lo atajó Jacinto, usando el nombre de confianza para clavar mejor la espina—, tengo entendido que Sergio falsificó la firma de Ramón Rodríguez. El pobre yardero ni siquiera sabe de este pleito. El pinche Tintán lo que quiere es un billete sin darte participación. Lo dijo con intención, esperando que la traición estallara como pólvora. No sabía, o fingía no saber, que ambos estaban de acuerdo para cubrirse las espaldas si alguna vez los agarraban en una movida. —Platica con él —contestó Vidaurri, señalando con un ademán cansado hacia la otra oficina. —No quiero eso —cortó Jacinto—. Lo único que necesito saber es si el yardero sabe de este pleito. En ese preciso instante entró Víctor Hugo Ruz, que había estado escuchando tras la puerta como un zorro al acecho. El aire se espesó. —Ese es un movimiento de Tintán —terció el recién llegado. —¿Cómo está eso? —preguntó Salvador Vidaurri, ahora genuinamente interesado. —Tintán le está cobrando a Manuel Salvador porque le consiguió un crédito en el Fondo Impulsor de Desarrollo y ahora no quiere pagar. —¡Arreglen eso! —ordenó el abogado en jefe, tajante como un juez que dicta sentencia sobre su propia casa. Un timbrazo del teléfono lo apartó de la conversación, como un dios menor que se retira a sus asuntos. Jacinto, aprovechando la grieta, se volvió hacia Víctor Hugo y soltó la flecha envenenada: —Así como falsificaron la firma de Ramón Rodríguez, falsificaron la de Genaro Valdez Arballo para el caso Edith. Víctor Hugo hizo como si no hubiera escuchado. Encendió un cerillo con lentitud ritual, se alisó el bigote espeso que usaba a la manera de Emiliano Zapata, prendió el cigarrillo y dio una profunda bocanada. El humo subió en espirales azules, como si quisiera dibujar la verdad que nadie quería ver. —Así como se hizo con lo de la esposa de Ramón Cosío —le recordó al periodista, con una sonrisa torcida—. ¿No te acuerdas cuando salvamos al director del periódico El Triturador? Tú conociste esa chicanada. Le pusimos una chinga al Coludo y a la Ford —dijo riendo, dejando escapar al mismo tiempo esa tosecilla ronca de fumador empedernido. Efectivamente, Jacinto Romero se había prestado para llevar un escrito, media hora antes de que se remataran tres vehículos que habrían hundido a Ramón Cosío, cuñado del gobernador Dante Navarro Prieto. Con aquel documento prefabricado se suspendió el remate: supuestamente la esposa reclamaba el cincuenta por ciento que le correspondía por estar casada en bienes mancomunados. Con la misma chicanada se salvó también el director de El Triturador de perder una casa por una deuda con el cuñado del gobernador y Banamex. Jacinto supuestamente se ganaría un dinero por su participación. Pero entre sinvergüenzas no le tocó ni un cinco, aunque con esa maniobra había salvado más de doscientos millones de pesos. Leonel Castro Cadena, en aquel entonces, defendía los intereses de la agencia automotriz Ford, que exigía el pago mediante el remate de los vehículos. Ante el ardid, no pudo satisfacer a sus representados. Al conocer los procedimientos sucios de Salvador Vidaurri, Leonel acudió al domicilio del director del periódico y comprobó, con sus propios ojos, que la firma de la esposa de Ramón había sido falsificada. —Aquí se hacen muchas transas —se defendió Jacinto ante el recordatorio de Víctor Hugo, con un tono entre resignado y cínico. Para distensionar la plática, Salvador Vidaurri intervino con su mejor sonrisa de anfitrión: —¿Cómo has estado? ¿Se te ofrece algo? —No, nada —respondió Jacinto—. Había venido para que me prestaras una feria para cubrir una letra del Boneville, pero mejor dejémoslo así. —Déjame cobrar un billete con el Tirso Molina y te los voy a prestar. —De verdad te lo agradezco, pero con lo que me dijo Víctor Hugo tengo —se despidió. Y salió del despacho dejando atrás el humo del cigarrillo, las sonrisas torcidas y el olor espeso de las traiciones que se cocinan a fuego lento entre legajos, firmas falsas y hombres que se tutean mientras se apuñalan por la espalda.

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