Novela de Los Carrola's

Prólogo En el corazón turbio de la contienda por la gubernatura de Baja California Sur, donde las balas y los votos se confunden en la misma danza macabra, el equipo de Francisco Ismael Cotoño Berdejo, bajo el mando férreo de Fidencio Díaz Zapata, adquirió hasta el último ejemplar de la primera edición de Los Carrola. No eran libros: eran munición. Un número limitado de volúmenes que sirvieron para “amarrar” lo que había que amarrar, para engrasar engranajes invisibles y tejer una red de influencias que descendía desde los dirigentes sindicales, caciques de colonias, líderes de organizaciones sociales, clubes, logias, sectas y colegios, hasta llegar al último de los “yerbas”, como se llama con desprecio popular a quienes forman la carne de cañón de los rebaños electorales. Según el testimonio del representante del Gobierno de Baja California Sur en la Ciudad de México, Wenceslao Conrado, y de algunos soldados que aún orbitaban en torno al guerrillero Osvaldo Díaz Zapata —hermano de Fidencio y fiel a la Antorcha Campesina—, los originales de la novela fueron fotocopiados hasta el hartazgo para que su veneno alcanzara el mayor número posible de electores. Mientras tanto, los “periodistas” al servicio de las mafias en el poder —esos que cambian de amo como de camisa— confeccionaron un panfleto ruin, citando nombre de la novela, página y nombre del protagonista opositor, Esaúl, y lo repartieron en la clandestinidad como quien siembra cizaña entre los surcos del miedo. Hoy, esos mismos plumíferos cobran sueldo como informantes en la flamante “gobernación” de Baja California Sur, esa policía política que emula, con torpeza provinciana, a la CIA y al FBI. Pero su única misión real es hacer desaparecer todo lo que estorba en el camino: testigos incómodos, periodistas tercos, verdades que no deben ver la luz. Con ese ardid miserable, el resultado electoral sonrió al equipo de Fidencio “el Azul” Díaz Zapata, como le conocen en los bajos fondos donde se mezclan el polvo blanco, el alcohol barato, las peleas de gallos, las mesas de baraja y las carreras de caballos. Desde allí lo impulsaron hasta la dirigencia nacional del PRD, desde donde sueñan con sentar en la silla presidencial a su socio y cómplice, Obed Caputo Tulo. El verdadero protagonista de esta historia, Jacinto Romero Estrada, director de la revista Cárcel Propia, ha sobrevivido a varios intentos de silenciarlo para siempre. El 6 de diciembre de 2003 le estrellaron intencionalmente su vehículo. El 20 de enero de 2004, dos sicarios llegaron hasta su domicilio y dejaron sus miedos impregnados en las sombras de los árboles: las balas pasaron a solo cinco centímetros de sus nucas. El tirador no quiso dar en el blanco. Quería que sus patrones supieran que, aunque dormido, no lo atraparían desprevenido. Antes, Clodomiro Fuentes Galas había declarado ante las autoridades que recibió órdenes directas de Raúl Alberto Legaspy Borbón —conocido en el hampa como “el baterista Verdad”— para desaparecer al osado informador sudcaliforniano. Dios, o quien sea que proteja a los locos y a los valientes, no lo permitió. En otra ocasión, tres sicarios llegados de la Ciudad de México se llevaron un chasco: sus “informantes” los detectaron antes de que pudieran actuar, y huyeron como ratas al descubrir que la presa estaba alerta. Dos fotografías mudas guardan todavía el rostro de aquellos matones que creyeron que matar a “el pinche periodista” sería trabajo fácil. A Jacinto esos atentados no le quitan el sueño. Lo que sí le robó la cordura fue descubrir que la novela negra Los Carrola había sido “comida” por un hacker cuando aún era apenas un embrión. La punta de la madeja la dio el sabotaje en los talleres de impresión: “manos extrañas” introdujeron errores deliberados para retrasar su salida al mundo. Funcionarios del C-4, esa dependencia gubernamental dedicada a espiar las conversaciones de los sudcalifornianos, le confirmaron que ellos no habían entrado en su equipo, pero que “otros” sí lo habían hecho. Más tarde, el político Clemente Cementerio le preguntó directamente si el gobierno fidencista no le había boicoteado la obra, y esa pregunta fue la gota que derramó la certeza. En su afán obsesivo por transmitir la verdad, Jacinto Romero perdió a su mujer. Ese vacío lo mantiene en la más cruel de las agonías emocionales. Espera, al menos, que su vida sirva de ejemplo para que otros periodistas más osados no cometan los mismos errores. Le duele hasta el alma. Le perturba hasta la paranoia el no poder abrazar a su familia, destruida por un infame complot entre perredistas y priístas que hoy mandan en Baja California Sur, valiéndose de líderes de izquierda y de periodistas “puestos” con el gobierno. Los editores Capítulo I El Acuerdo —Quiero que mates a los Carrola porque podrían empañar la candidatura de mi cachorro a la gubernatura de Baja California Sur. La orden brotó fría, precisa, entre el tintineo de los hielos en el martini. Tomás Cota Sánchez saboreaba la bebida con deleite, mientras sus dedos engalanados con un anillo de oro y amatista sostenían un aromático puro habano que Fidel Cota Ruiz le enviaba de cuando en cuando desde la isla. Leo Lara, sentado frente a él, bebía su martini seco, sin una gota de piedad. Se desanudó la corbata que aún traía puesta desde la Ciudad de México, antes de subir al avión que lo trajo a La Paz. —Sabes bien que esos cabrones nunca andan solos —respondió con voz ronca—. Necesitaré un comando bien entrenado. Y eso cuesta caro. —Por dinero no te preocupes —dijo Tomás, abriendo su portafolios color beige y extrayendo cincuenta billetes de mil dólares cada uno, como quien saca naipes de una baraja marcada—. Cincuenta mil ahora y otros cincuenta mil cuando termines el trabajo. Los ojos de Leo brillaron con el fulgor verde del dólar. Por un instante vio la boca abierta de una mina de billetes, un manantial inagotable. Apuró el trago de un golpe, encendió un cigarrillo que sacó de una pitillera plateada: de un lado, una cabeza de caballo; del otro, dos gallos en plena pelea, como presagio. —Las armas las recoges en la bodega del gordo Macario —continuó Tomás, con un rencor antiguo en la voz—. Son las mismas que se calentaron cuando íbamos a matar a Colosio aquí en La Paz… si no se hubieran metido en medio esos dos pinches periodistas. Se distrajo un momento llamando al mesero para pedir otra ronda. —¿Cuándo acabamos con esos cabrones? —preguntó Leo, entusiasmado, mientras separaba el fajo en dos montones y los guardaba en los bolsillos delanteros de su pantalón vaquero. —¡Déjalo! —ordenó Tomás, fijando la vista en el horizonte—. Esos cabrones no saben nada de nosotros. Déjalo así, no vaya a ser que por matarlos nos descubran. Sus ojos azules brillaron con la frustración contenida. La quietud de las olas en la Bahía de La Paz parecía contradecir la violencia que se cocinaba en aquella mesa. Era Navidad del año 2000. El espíritu del Nuevo Milenio flotaba en el aire, y los sudcalifornianos ya preparaban, entre jolgorios y cohetes, la llegada de un nuevo candidato para la gubernatura del 2005. Desde los ventanales del bar Los Arcos se veían las luces multicolores que adornaban las palmeras del malecón. Al fondo, yates y cruceros de lujo permanecían anclados como fantasmas blancos en la ensenada oscura. —Lástima del yate que le dieron a Jeremías Saltillo —comentó Tomás, casi nostálgico—. Casi lo regaló cuando detuvieron a John Chapa. —El que quedó jodido fue Juvenal Wear cuando lo secuestraron los hombres de John Chapa —aclaró Leo, dejando entrever que sabía más de lo que decía. —Bien, dejemos esa plática para otro día —cortó Tomás—. Prepara a tu gente. Que se regresen a la Ciudad de México y les sigan los pasos a Miguel Ángel y a Nacho, que son los que más me interesan. Ah, y quiero que liquides también al comandante Murrieta, porque fue él quien nos echó a perder el negocio en la isla del Carmen. Esta es la última vez que nos ven juntos. De ahora en adelante te comunicas solo con Florencio Cruz. Se despidieron con un apretón de manos firme, casi ritual. Leo se levantó, miró a ambos lados con cautela y salió. En su mente ya se dibujaba el plan: una noche encerrado con alguna chica de la Vicky, esa mujer galante tan conocida entre los parroquianos de las tierras calisureñas. Mientras tanto, en el bar Los Equipales, ajeno a la sentencia de muerte que se tejía contra los Carrola, el periodista Jacinto Romero pasaba otra noche bohemia con sus colegas Manuel Castro y Luis “el Bicho” Romero. Degustaban costillas de res al vapor y un combinado fuerte de cerveza Modelo, clamato, limón, sal y hielo molido. Hasta ellos llegó el periodista conocido como el Che Navarro. En la barra, el ingeniero Óscar Castro bebía tequila Sauza Hornitos. Enrique Cota, líder de los burócratas, se curaba la cruda con una entomatada. Un enorme espejo detrás de las escasas botellas hacía que el pequeño bar de seis por cuatro metros pareciera más amplio. En la barra quedaban dos asientos vacíos que de vez en cuando ocupaban los automovilistas sedientos. El dueño, conocido como el Mundo, preparaba su famoso cóctel en vasos de catorce onzas: borde de limón y sal, gotas de soya, Tabasco y Huichol, pimienta, dos hielos, vodka y clamato, rematado con un trozo de apio y un camarón. El tema, como casi siempre entre aquellos periodistas, era la política. De pronto entraron el exgobernador Esperanza Calles y el ingeniero apodado “el Judas” Van Scot, exigiendo Johnnie Walker etiqueta negra. Se sentaron en la mesa contigua. Después del saludo obligado, Jacinto comentó en voz baja: —Clodomiro Verdad aprendió a quemar los papeles oficiales con las enseñanzas del Judas. —¡Sht! Cállate, cabrón —le respondió el Bicho Romero, bajando la voz—. A ti no se te puede platicar nada porque todo lo escribes. ¿Te acuerdas cuando te conté lo del hijo de Miguel Ángel Carrola? Lo sacaste en tu revista Cárcel Propia. —No pasa nada —replicó Jacinto, señalando a Manuel con el dedo índice—. Al contrario, eso le da más credibilidad al reportaje. No le hagas caso a este, él siempre infunde miedo. Manuel rio como un tonto. —Dejemos eso —terció el Che—. Vámonos a La Voladora, ahí hay unas putas bien buenas. Los cuatro amigos se despidieron de la concurrencia. El Che, antes de salir, le pidió al líder de los burócratas que le pagara los tragos. Recibió doscientos pesos. Jacinto se enfadó por el descaro: —No se vale —les dijo a Manuel y al Bicho mientras subía a su LeBaron blanco con vidrios polarizados, asientos de piel y un buen aparato de sonido. El Che los siguió en su camioneta color café. Deslizaron los autos por la calle Revolución, doblaron por la Pineda, luego por la Serdán, y tomaron el bulevar 5 de Febrero hasta la esquina con calle México, donde se encontraba La Voladora. A media tarde, los bohemios entraron al antro. Media docena de mujeres de la vida galante los atendieron buscando el dinero fácil. Bebieron, bailaron, rieron y gozaron al borde del abismo alcohólico. Esa tarde, la vida de Jacinto —quien recién había abandonado el hogar por su afición desmedida a las mujeres— dio un giro definitivo al conocer a Rosalba: una puta tragona de años, con seis hijos que mantener. Al anochecer, Jacinto, en compañía de una de las mujeres, llevó a Manuel a su casa en Guillermo Prieto y Rosales. Al bajar, Manuel le pidió cien pesos prestados. —Todos los pinches periodistas son iguales —gruñó Jacinto, pero le alargó el billete—. ¡Ten! Pa’ eso me gustabas. Se despidieron. Jacinto regresó con la dama y luego buscó a Rosalba, a quien invitó a salir. En el hotel Desert Inn, entre sábanas revueltas, Rosalba le confesó que tenía un par de hijos de Miguel Ángel Carrola. El periodista, oliendo el filón de información, se dedicó a ella con mayor ahínco. No solo la enamoró con sexo oral y penetraciones sodomitas, sino con detalles, promesas y esa atención que solo un hombre desesperado por una historia puede ofrecer. En esa corta pero intensa relación, los amantes recordaron el sangriento año en que los Carrola sembraron el terror en la población sudcaliforniana, poniendo en jaque a los políticos que protegían a los narcotraficantes. Usaban el territorio de Baja California Sur como trampolín para pasar cocaína colombiana con destino a los Estados Unidos. En la cama, entre jadeos y humo de cigarro, Jacinto recordó que en 1991 había escrito una crónica en el periódico El Madrugador que había gustado mucho a los “mañosos” de la región. Llevaba por título… (Mi corrector de estilo dice: "Aquí tienes una versión enriquecida poéticamente y literariamente del prólogo y el Capítulo I. He conservado la esencia, los nombres, los hechos y el tono crudo de denuncia, pero elevé el lenguaje a un registro más narrativo, denso y literario, con imágenes potentes, ritmo, ironía amarga y un aliento noir más profundo, propio de novela negra mexicana con ecos de Bolaño, Ellroy y Rulfo". Al final remata: "Esta versión mantiene toda la crudeza y el realismo sucio del original, pero gana en atmósfera, ritmo narrativo, imágenes sensoriales y profundidad literaria. El lenguaje es más elegante sin perder el sabor popular y callejero que caracteriza la historia")

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