Un día después (12)
Un Día Después
Era diciembre de 1989 y el aire de La Paz olía a salitre, a pólvora mojada y a miedo.
Un hombre sin rostro, cansado hasta los huesos de ver cómo la verdad se torcía cada mañana en los periódicos como un trapo sucio, decidió que ya no bastaba con callar. Tomó papel, pluma y una vieja máquina de escribir. No buscaba fama ni gloria; sólo quería encender, aunque fuera con una chispa débil, el fuego libertario que duerme en el pecho de todo ciudadano que aún se considera hombre.
Así nació la circular.
Dos hojas fotocopiadas, modestas, casi humildes, comenzaron a circular de mano en mano, de buzón en buzón, como un rumor que se niega a morir. En ellas no había gritos ni consignas de barricada. Había, en cambio, la voz pausada y grave de un padre de familia que habla mirando a los ojos a otro padre de familia:
«Estimado conciudadano…»
Y contaba, sin adornos baratos, cómo un hombre llamado Miguel Ángel Carrola Gutiérrez había llegado con la bandera noble de combatir el narco y había terminado sembrando otro cultivo más dañino: el terror. Cómo allanaba casas sin orden, cómo metía droga en los coches de muchachos inocentes, cómo sus “madrinas” —jóvenes locales perdidos en el vicio— señalaban con dedo tembloroso a las familias que podían sangrar unos cuantos millones. Cómo, finalmente, ese dedo acusador había señalado también a un muchacho de apenas diecinueve años llamado Fernando Jordán de la Toba, y cómo ese muchacho ya no volvería a casa.
El escrito no pedía sangre. Pedía conciencia.
Preguntaba, con una serenidad que dolía más que cualquier insulto:
«Si a ti te pasara algo semejante, ¿a quién acudirías?»
Y respondía con la crudeza de quien ya no espera nada:
«¿Al gobernador? Él sabe. Y calla. Porque tiene cola que le pisen, porque sus hermanos nadan en el mismo río turbio, porque el miedo y la complicidad le han comido el alma.»
Terminaba con una súplica casi religiosa:
«Saca diez copias. Envíalas. Que sea una cadena silenciosa. Que el repudio camine de casa en casa sin que nadie tenga que dar la cara… todavía.»
Diciembre de 1989.
La circular cayó sobre el palacio de gobierno como una piedra en un estanque quieto. El gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques sintió que le ardía la nuca. Ordenó cazar al autor. Sus analistas subrayaron frases, buscaron giros cultos, referencias a don Francisco King Rondero. Perfilaban a un rotario, a un hombre de club, a alguien que conocía demasiado.
Y enviaron a Jacinto Romero a la trampa.
Jacinto, inspector de transporte, hombre de cantinas y de lealtades dudosas, entró confiado en la oficina del director de gobierno. Leyó las hojas con atención de perito. Dio su opinión con esa seguridad de quien cree que está del lado de los listos. No supo que le habían soltado el anzuelo para que lo llevara directamente a los Carrola, ni que los verdaderos dueños del tablero reían en la sombra.
Porque en otra parte de la ciudad, en casas de altos muros y risas gruesas, los narcopolíticos se divertían con la jugada:
—Deja que los muchachos de Zataraín sigan haciéndose pendejos —dijo Tomás Cota Sánchez entre carcajadas—. Nosotros provocamos la reacción. Ahora movemos la siguiente pieza.
Y movieron.
Setenta y cinco reos federales, convenientemente “arrepentidos”, firmaron una carta plagada de errores sintácticos para que nadie sospechara la mano culta que la había dictado. La carta acusaba torturas, tehuacán con chile, toques eléctricos, saqueos. Llegó a los periódicos como un trueno. Al mismo tiempo, el cortejo fúnebre de Fernando Jordán de la Toba se convirtió en manifestación. Un ataúd gris, un pueblo enardecido, pancartas que decían “Aquí está tu obra”. Y una nota editorial, escrita con pulso de jefe de redacción, que transformaba el dolor en alegato colectivo, casi épico.
Carrola leyó todo en El Sudcaliforniano. Las manos le temblaban de rabia. Gritó, insultó, amenazó. Pero en el fondo de su furia había un escalofrío: sentía que el sartén había cambiado de manos.
Mientras tanto, el teléfono rojo sonó en su oficina.
—El jefe —susurró su hermano.
Miguel Ángel Carrola se irguió. Pidió silencio absoluto. Afuera, los subordinados se callaron como si la muerte misma estuviera escuchando.
Porque en ese diciembre de 1989, en La Paz, Baja California Sur, ya no era sólo una guerra entre policías y narcos, ni entre gobierno y ciudadanos.
Era una guerra de sombras, de escritos anónimos y cartas pagadas, de funerales convertidos en mitin y de risas que se oían detrás de las paredes del poder.
Un hombre sin rostro había encendido la mecha.
Y el fuego, silencioso aún, empezaba a lamer los cimientos de todos.

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