Justicia divina (17)
Capítulo IV
Justicia Divina
El sol de Durango se hundía ya tras los cerros cuando un viejo Chevrolet Cheyenne se detuvo frente a la humilde casa de adobe y teja. Del vehículo bajó un joven alto, de piel curtida por el camino y ojos que aún conservaban el brillo de quien cree haber encontrado su sitio en el mundo.
—¡Mamá! ¡Papá! —gritó José Luis Choyero, la voz quebrada por la alegría del regreso.
Doña Gloria Muñoz y don Leo Lara salieron a su encuentro. El abrazo fue largo, apretado, como si el cuerpo del muchacho pudiera contener todos los años de miedo y silencio que los ancianos habían cargado. Las lágrimas de la mujer mojaron la camisa del hijo postizo; él las sintió calientes, casi quemantes, contra el pecho.
—Bienvenido, mi’jo —dijo don Leo con la voz ronca.
—Qué bueno que viniste —susurró doña Gloria, sin soltarlo.
Dentro de la sala, bajo la luz mortecina de una bombilla, el joven contó su noticia con el entusiasmo de quien ignora que está pisando sobre una tumba abierta:
—Trabajo en una compañía de transportes de la Ciudad de México. Me acaban de nombrar ayudante de los dueños… Son los que salieron en la tele. A uno de ellos lo nombraron jefe de la policía judicial: Filomeno Fong Tanero.
Los nombres cayeron como dos balas en el pecho de los viejos.
—Miguel Ángel y Jesús Ignacio Carrola Gutiérrez —añadió Choyero, orgulloso.
Doña Gloria se dejó caer en el sillón como si le hubieran cortado las rodillas. Don Leo palideció. El silencio que siguió fue tan denso que parecía tener peso propio.
—Siéntate, José Luis —ordenó el anciano con una firmeza que no admitía réplica—. Tu mamá y yo tenemos que decirte algo. El mundo da vueltas… y a veces las vueltas regresan al mismo punto, como una maldición que se cumple.
—No lo dañes —suplicó ella en un hilo de voz.
—¿Qué pasa? ¿Qué me ocultan?
Leo respiró hondo. Su mirada se perdió en algún punto del piso de tierra apisonada, como si allí estuviera escrito el relato que tanto habían temido contar.
—Tómalo con calma, hijo. Tu mamá y yo te recogimos en La Paz, Baja California Sur, después de que los Carrola mataron a tus verdaderos padres… y a tu hermano.
El grito de Choyero fue corto, seco, como un animal herido.
—¿Qué?
—Espérate. Déjame terminar.
—¿Quieren decir… que ustedes no son mis papás?
Doña Gloria se cubrió la boca con las manos temblorosas. Las lágrimas rodaban ya sin control.
—Despacio, mi’jo —murmuró—. Hemos cargado este secreto como una cruz. Creímos que era lo mejor para ti… pero el pasado siempre encuentra la forma de regresar.
Leo continuó, la voz convertida en un cuchillo que se clavaba en su propia carne:
—Tus papás biológicos se llamaban Armando de la Peña y Dolores Beltrán. Tu hermano mayor, Armando de la Peña Beltrán, vendía la cocaína que los Carrola le entregaban. Un día le robaron la mercancía. Los federales no le creyeron. Lo golpearon hasta dejarlo irreconocible. Murió después de quince días de agonía en un hospital de Guadalajara.
Choyero escuchaba con los ojos muy abiertos, como quien ve derrumbarse el cielo.
—Llegó un abogado al que llamaban Chucho Lorenzana —prosiguió Leo—. Les dijo a tus padres que los federales pedían veinticuatro millones de pesos por la libertad de tu hermano. Tus papás vendieron la casa familiar, aquella casona enorme de siete recámaras y jardines frondosos que soñaban llenar de nietos. La malbarataron en exactamente esa cantidad.
Doña Gloria se levantó de pronto y huyó hacia la cocina.
—¿No quieren comer algo? —preguntó desde allá, intentando romper con gestos cotidianos el peso insoportable de la verdad.
Nadie contestó.
Leo siguió, implacable:
—Cuando fueron a la oficina de la PGR, en Márquez de León y Madero, encontraron a tu hermano ensangrentado. Tu padre, don Armando, golpeó al policía que tenía más cerca. En segundos lo derribaron a patadas y golpes. Tu mamá, Dolores, que entonces tenía cuarenta y dos años, intentó defenderlo. Recibió una patada en el estómago que la dejó desmayada de dolor.
El anciano hizo una pausa. Su pecho subía y bajaba con dificultad.
—Durante la agonía de tu hermano, hombres uniformados se acercaban a tus padres y les advertían: “Si hablan, mataremos al más chico”. Ese más chico… eras tú, José Luis.
Don Leo ya no pudo contener el llanto. Un sollozo ronco, profundo, le quebró la voz.
—¡Cluj!
Choyero se arrodilló frente al viejo y lo abrazó con fuerza, como si quisiera sostenerlo para que no se desmoronara. Doña Gloria regresó con el café y las conchitas, vio la escena y dejó caer la charola. El llanto de los tres se fundió en uno solo, antiguo, compartido.
—Tu mamá murió de peritonitis pocos días después —continuó Leo entre lágrimas—. Tu papá no resistió. Se dejó morir. El corazón se le paró de pura tristeza y anemia.
El silencio que siguió fue roto solamente por el tic-tac de un viejo reloj de pared.
Doña Gloria se dirigió a la recámara. Del fondo de un baúl cerrado con llave sacó un sobre amarillento. Dentro, recortes de periódicos del año 1989.
—Mira —le dijo extendiéndoselos—. Léelos con calma. Después me cuentas cómo está nuestro hijo Leo, el de verdad, el que está en la judicial en México.
José Luis se retiró a su antigua habitación. La cama estaba hecha con la misma colcha de siempre. Se recostó y comenzó a leer.
Las letras bailaban frente a sus ojos: el asalto a Tembabichi, la muerte de Fernando Jordán de la Toba, la carta desesperada de los reos del Cereso, la alerta ciudadana que clamaba por justicia. Cada palabra era una herida que se abría de nuevo.
Al fin se durmió, exhausto.
Y entonces soñó.
Soñó que estaba en una casa grande rodeada de árboles frutales. Reconoció la huerta de sus padres biológicos. De pronto los vio: Armando y Dolores, jóvenes, sonrientes, extendiendo las manos hacia él. Lo tomaron de las suyas y lo llevaron hasta una plaza inmensa.
Allí había una multitud vestida de luto. Padres y madres sostenían en brazos los cuerpos inertes de sus hijos, golpeados, ensangrentados, irreconocibles. El aire olía a sangre y a rabia antigua.
—¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia! —gritaba el pueblo con una sola voz que retumbaba como trueno.
En el estrado, un juez de barba espesa y mirada de fuego (por momentos parecía Jesucristo, por momentos un simple hombre cansado de tanta impunidad) presidía el juicio. A su lado, un jurado de doce mujeres de entre cuarenta y cincuenta años, con los ojos hundidos por el insomnio y el duelo.
—Se inicia el juicio del pueblo de Baja California Sur contra los hermanos Carrola —declaró el juez.
Las voces se entrecruzaron, se volvieron un rugido:
—¡Mátenlos! ¡Mátenlos! ¡Mátenlos!
El lugar entero temblaba. José Luis se revolvía en la cama, empapado en sudor.
—El jurado declara culpables a Miguel Ángel y Jesús Ignacio Carrola —dijo una mujer morena, de voz quebrada por el llanto contenido.
El juez asintió con gravedad:
—Se concede al pueblo de Baja California Sur la autorización para ejecutar la sentencia.
José Luis despertó gritando, ahogándose en su propia angustia:
—¡Mamá! ¡Papá!
Los viejecitos aparecieron en el umbral, asustados.
—¿Qué tienes, mi’jo?
—Soñé… soñé que un gentío pedía la muerte de los Carrola.
—Es la conciencia, hijo —susurró doña Gloria acariciándole la frente sudorosa—. Es la conciencia de un pueblo que nunca olvidó. Ten mucho cuidado con esa gente, José Luis. Si puedes, no trabajes con ellos.
—Duérmete —añadió don Leo—. Apenas son las doce de la noche. Mañana hablamos.
Pero José Luis ya no pudo dormir.
En la oscuridad de la recámara, mientras la luna de Durango entraba por la ventana, su mente comenzó a tejer, hilo a hilo, la tela negra de la venganza.
Al amanecer, una idea tomó forma clara y fría como el acero:
—Leo… mi hermano Leo, el agente de la judicial. Él puede ayudarme.
Por esos imponderables del destino que a veces parecen escritos por una mano divina, exactamente una semana después, en la lejana Ciudad de México, Leo Lara Muñoz recibió una llamada.
Tomás Cota Sánchez lo invitaba a encontrarse en un bar discreto de La Paz, Baja California Sur.
El círculo, lentamente, empezaba a cerrarse.
Y en algún lugar, la Justicia —esa que los hombres olvidan y el cielo recuerda— afilaba ya su espada.

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