También a periodistas (6)
También a Periodistas
En las polvorientas calles de Sudcalifornia, donde el sol caía como una sentencia inapelable sobre los techos de lámina y los corazones marchitos, las vejaciones del pueblo se pudrían en silencio. No eran crónicas de tinta valiente las que llenaban las planas de los periódicos, sino migajas doradas que caían de las manos de los Carrola y de Aristóteles Brutus Lemus. Los comunicadores sociales, con el alma vendida a bajo precio, se agachaban a recogerlas como perros famélicos. Los menos, los que aún conservaban un resto de dignidad, callaban porque el cañón de una pistola les susurraba al oído que la verdad tenía precio de sangre.
Fue en aquel edificio de la Asociación de Prensa y Radio —la APYR—, bajo la mirada cansada del profesor Enrique Nava Moreno, donde Alberto González, periodista de El Sudcaliforniano, se atrevió a tender la trampa. Invitó a Miguel Ángel, comandante de la Policía Judicial Federal, a una entrevista que prometía ser un duelo de preguntas afiladas. La sociedad de Baja California Sur danzaba con interrogantes que nadie se atrevía a formular en voz alta. Los periodistas, reunidos como cuervos en torno a un cadáver, querían presionar al comandante. Querían obligarlo a rendir cuentas.
Pero ignoraban, o fingían ignorar, que semanas antes el propio Nava Moreno había sido detenido junto con el congalero Carlos Garzón. Los habían pescado permitiendo que varios procesados por la PGR salieran del Centro de Readaptación Social para que le hicieran “arreglos” a la casona del principal comunicador en el ejido El Centenario. La corrupción tenía olor a cemento fresco y a favores podridos.
La entrevista comenzó con la solemnidad falsa de los teatros provincianos. Hasta que Jesús Ignacio, hermano del comandante, se acercó a Alberto González con paso lento, casi amoroso. Su voz fue un terciopelo peligroso:
—A mi hermano no lo balconees.
Y mientras lo decía, sacó la pistola con delicadeza de amante. El cañón frío besó la sien del periodista. Alberto alcanzó a balbucear, entre una risa nerviosa y el terror que ya le subía por la garganta:
—Pinche Nacho…
Creía que era broma. El subconsciente, más sabio, registró el metal helado y el aliento de la muerte rozándole la piel. En ese instante, la crónica se convirtió en epitafio.
Una semana después, el comandante Miguel Ángel entró al mismo salón de los Apyreños. Venía acompañado de su sombra y de una sonrisa que parecía tallada en piedra. Luis Ernesto Servín y un fotógrafo de El Sudcaliforniano intentaron cobrarse la exclusiva atacándolo con saña. Querían sangre periodística. Recibieron, en cambio, la verdad desnuda y cortante.
—Usted está dolido porque me pidió que no revisara a uno de sus familiares que venía de viaje… pero yo no accedí, ni accederé con ninguno de ustedes. Porque descuidaría mi trabajo.
Mientras hablaba, hojeaba con calma un cuaderno grueso donde, como en un grimorio moderno, estaban escritas la vida y la trayectoria de todos y cada uno de los Apyreños. Fechas, vicios, deudas, amantes, traiciones. Los periodistas enmudecieron. Las preguntas se les secaron en la boca. Solo les quedó alabar, con voz temblorosa, las supuestas hazañas en el combate a las drogas. El aire se volvió espeso, cargado de vergüenza.
No hizo falta que Miguel Ángel entregara los sobres con dinero que llevaba en el portafolio. Aquel hombre de no más de un metro setenta y menos de setenta kilos, de bigote abultado que parecía un animal negro y vivo sobre su labio, no necesitó comprar lo que ya poseía: el miedo. Ese bigote, decían las malas lenguas, enloquecía a las mujeres que gustaban del sexo oral. Era el único rasgo desproporcionado en un cuerpo que parecía frágil, pero que ocultaba el peso de muchas almas rotas.
La información sucia contra los propios Apyreños se la habían pasado los mismos reporteros que figuraban en la nómina secreta de la PGR. Una nómina que, en ocasiones, pagaba un tipo conocido como Pepe Miramontes, secretario particular del gobernador. Ramón Ortega, en una de sus libretas olvidadas en la casa de su querida, dejó escrito con letra torcida y sincera:
—En cuanto veíamos que Pepe Miramontes llegaba con un portafolio color miel, la palomilla se abalanzaba detrás de los Carrola, que nos daban el dinero según el medio y según la información que les pasábamos.
En la misma libreta, manchada de café y de secretos, se leía otra escena: después de la detención de Jesús Ramón Colón Osborne, los reporteros fueron a cobrar. Como si Miguel Ángel lo hubiera dejado allí a propósito, había un portafolio color café junto al escritorio del comandante. En el forro se leía, con letras doradas: “III Reunión Nacional de Directores de Tránsito, Monterrey, Nuevo León”.
Más abajo, con trazo tembloroso, Ramón Ortega anotó:
—Miguel Ángel me enseñó el contenido. Estaba lleno de dólares de alta nominación. Me dijo que eran pacas de veinte mil dólares cada una. Más de ciento cincuenta mil dólares en total. Le creí. Ahora caigo… por eso no le hicieron nada a Platón Verdad Legaspy cuando le descubrieron que se robó el dinero de más de mil quinientos juegos de placas siendo director de tránsito municipal.
Así giraba la rueda en Sudcalifornia: políticos que pasaban a dejar su cuota, seudo-comerciantes y empresarios de traje barato que se ponían de acuerdo con los Carrola para traficar libremente. Barcos, autos, camiones, lanchas, yates, avionetas y aviones cargados de marihuana, anfetaminas, cocaína, güisqui, centroamericanos, chinos, armas, piezas arqueológicas y decenas de artículos prohibidos por la legislación mexicana. Todo fluía como un río negro y espeso bajo la mirada complaciente de quienes debían impedirlo.
Y mientras el pueblo sufría vejaciones que nadie documentaba como debía, los periodistas seguían recogiendo migajas, con el cañón de una pistola aún latiendo en la memoria de Alberto González, y el bigote de Miguel Ángel flotando como una bandera oscura sobre la podredumbre de una tierra que se llamaba, irónicamente, Baja California Sur.

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