Informe del cateo (17)
Informe del cateo
Aquel día en que irrumpieron en la casa de Lupita como lobos en redil ajeno, los peritos recogieron, con manos enguantadas de burocracia, objetos y prendas de la dama para someterlos al frío escrutinio del laboratorio. De todo aquel botín doméstico, sólo una manchita diminuta de sangre —apenas un suspiro carmesí, como el pinchazo de una aguja de coser en la yema de un dedo distraído— apareció en el mapeador blanco de mango de acero. El trapeador permaneció mudo, el cinto de piel café no delató nada, los zapatos crema guardaron silencio, los huaraches de corcho con correas café tampoco hablaron, ni las cinco toallas de papel, ni el bote blanco de plástico, ni la toalla azul que colgaba como bandera rendida.
Tantos objetos analizados, tanto afán de encontrar una gota que condenara, y tan poca sangre hallada. Se evidenciaba, en esa escasez casi insultante, que la fiscalía pretendía darle con todo el peso del Estado a la indefensa mujer, como quien azota un yunque contra una mariposa.
El mismo 8 de agosto, Ismael Álvarez Trasviña rindió otro dictamen que cayó como agua bendita sobre la inocencia: en la ropa que Lupita de la Peña vestía el día del homicidio —el pantalón de mezclilla Levi’s marca Lee Riders color azul, la pantiblusa rosa, el chaleco de mezclilla azul tipo Levi’s marca Paris Blue, talla M— no había una sola huella de sangre. Ni una.
Y sin embargo, en el brutal asesinato, la sangre debió haber saltado como fuente furiosa, impregnando las ropas de sus verdugos como estigma indeleble. Que las prendas de Lupita permanecieran limpias era más que un resultado pericial: era la voz muda de los hechos gritando que ella no estuvo allí cuando Edith, en vano, pretendía defender a su hijo.
Por su parte, el perito en jefe de criminalística asentó con sequedad de acta que en ninguno de los objetos levantados en el domicilio de Lupita aparecieron huellas dactilares de la difunta. Como si la Procuraduría, desesperada, buscara a tientas cómo amarrar un expediente creíble antes de que la sociedad, mañana o pasado, les reclamara con furia el cadáver de la verdad.
De pronto, el 15 de agosto, surgió de la niebla etílica un alcohólico que se presentó “voluntariamente” para declarar. Carlos Ruiz Saiza aseguró que el domingo 30 de julio andaba festejando su cumpleaños y, desde las afueras del depósito de cervezas El Sureño, entre las diez y media y las once y cuarto de la mañana, vio pasar la Blazer de Edith. La acompañaba su hijo. Él la saludó, ella lo miró. Iban rumbo al bar Quinto Patio. Estaba seguro, juraba, porque a Edith no se le podía confundir: no había dos como ella en todo Cabo.
Con ese testimonio tambaleante, la Procuraduría intentaba dar credibilidad al recuerdo borroso de Blanca Herrera, quien no recordaba si había visto a Edith y Lupita juntas el sábado o el domingo.
Después de parrandear hasta el anochecer, Ruiz Saiza llegó a su casa casi a las diez. Su esposa le contó lo ocurrido con Edith. Se sorprendió, dijo, porque esa misma mañana la había visto viva.
Los tratadistas del alcoholismo saben bien: la bebida matutina se vuelve poco a poco una sed insaciable que calma tensiones imaginarias. El alcohólico crónico habita alucinaciones que adquieren la solidez de la realidad; imágenes fantásticas que lo hacen vivir momentos de zozobra auténtica. Su humor es jovial en apariencia, pero apenas distingue los rostros. Los reflejos rotulianos desaparecen, y un dolor terrible le sube por las piernas como fuego lento.
Se investigó: Carlos Ruiz Saiza presentaba esos síntomas con precisión clínica. Su dicho, por tanto, debería haber carecido de todo valor jurídico, como moneda falsa que nadie acepta en la casa de la justicia.
Sin embargo, con la comparecencia de este testigo de niebla, el fiscal enterraba elegantemente la evidencia de que la esposa del doctor Acosta había sido la última persona que vio con vida a Edith. Y, de paso, protegía a Ricardo Araos, a Jorge García y a su esposa, quienes ya habían huido de Cabo creyendo que los pasos de la investigación se acercaban demasiado a sus sombras.
El fiscal jamás quiso indagar quién pagó a Carlos Ruiz para que apareciera justo en el momento preciso, cuando la pesquisa amenazaba con enderezarse hacia los verdaderos autores.
Pasaron diez largos días en los que sólo los medios de comunicación siguieron cebando el morbo del pueblo, como buitres alrededor de un cadáver aún caliente. Hasta que la Procuraduría consideró que ya era tiempo de empapelar a Lupita. Entonces, a través del fiscal, acordaron agregar a la averiguación previa el informe rendido por los judiciales Rosendo Rodríguez García, Enrique y Fernando Willars Ramírez, con la clara intención de atar bien las sospechas alrededor del cuello de Guadalupe de la Peña Riecke.
Los judiciales contaron que el domingo 30 de julio de 1995, a las 17:45 horas, recibieron una llamada desde la comandancia: en el fraccionamiento Arco Iris había una mujer sin vida. Llegaron. En sus pesquisas contactaron a Carlos Omar Contreras Reséndiz, de 18 años, trabajador de Coca Cola, originario de Saltillo. Vivía atrás de la casa de Edith. Declaró que a las 15:10 horas vio a Lupita asomándose por las ventanas y que escuchó el llanto de un niño.
Se deduce, con lógica fría, que en cuanto Lupita llegó al lugar fue observada por los vecinos hasta que el raitero la llevó a su casa a las 15:45. Entonces, ¿por qué nadie vio a los asesinos? Es obvio: los contratados para “asustar” a Edith cumplieron su trabajo entre las cinco y las siete de la mañana, cuando el vecindario aún dormía profundamente. Se desprende también que la dama cómplice regresó al niño entre las ocho y las nueve, retirándose por entre el monte y la depresión topográfica que queda a la izquierda de la casa. Los asesinos cometieron un error pequeño pero revelador: le cambiaron el pañal al niño; por eso no lo encontraron húmedo. El llanto comenzó cuando sintió hambre. La cómplice, previsora, le dejó el biberón lleno de leche. El niño, según los vecinos, no dio lata en toda la mañana.
Según el informe, el 2 de agosto, entre el monte, aparecieron un celular y un llavero con ocho llaves, una de ellas con una pata de conejo. Una de esas llaves servía para encender la Blazer. Cerca, huellas de mujer de pie chico.
Para el día 5, los judiciales confesaron, casi con inocencia fingida, que les extrañó que aparecieran nuevas evidencias que ellos no habían visto cuando revisaron meticulosamente el lugar: en la Blazer apareció un cuchillo que antes no estaba; en el monte, una lámpara; en la cañería, joyas junto a una agujeta color café que, según ellos, pertenecía al zapato hallado junto al cadáver.
También relataron que acompañaron a los jefes al cateo de la casa de Lupita, junto con el comandante Inocencio Deivid. Allí encontraron la funda del celular de Edith —la misma que Lupita había mencionado que estaba en su casa—. Maliciosamente anotaron que hallaron prendas similares a la pantiblusa que vestía la occisa.
Al investigar a Guadalupe de la Peña descubrieron que tenía un hijo de 15 años, al que se desobligó desde los tres meses, dejándolo bajo la tutela del padre. No lo frecuentaba.
Alejándose de toda técnica científica, los judiciales añadieron un retrato moral de taberna: “Por comentarios de varias personas que conocen a Lupita, se deduce que tiene un carácter muy duro; es violenta y fría; al parecer tiene tendencias bisexuales”.
Agregaron, esta vez con algo de verdad inferencial: “Basándose en la forma en que se desarrollaron los hechos, se descarta el móvil del robo o un posible ataque sexual”. El asesino contó con la plena confianza de la víctima y con todo el tiempo del mundo. “Se cuidó para no dejar huellas”, sentenciaron.
¿Y la huella en la sábana? ¿Y las cajetillas de cigarros? ¿Y el reloj con el extensible roto? ¿Y las huellas dactilares en los botes de cerveza? ¿Y los vasos donde el doctor Acosta dijo que habían bebido? ¿A qué huellas se referían? Era evidente que preparaban el terreno para la descarga mortal. Había complicidad en el manoseo del expediente.
Finalmente sentenciaron con solemnidad de verdugo: la probable responsabilidad recaía en una sola persona, por sus declaraciones, sus contradicciones, por afirmar detalles del crimen que sólo quien estuvo allí podía conocer. Por las evidencias en la escena y en el departamento 301 del edificio B2 de Coromuel. Por no reconocer las prendas de la víctima. Por modificar las horas de sus actividades. Por no comprobar dónde estuvo la mañana de los hechos, mientras se establecía que la víctima sí acudió a la cita a desayunar y se le vio acompañada de ella en la Blazer.
Todo armado con el dicho dudoso de Blanca Herrera y la declaración voluntaria del alcohólico. Todo por convenir a los intereses de la Procuraduría de Justicia.
“El interés de Lupita en que el asesinato fuera descubierto por otros y no por ella misma, así como divulgar sospechas sin comprobarlas…” —añadían con retorcida psicología barata— “hace presumir que Guadalupe de la Peña Márquez puede ser la presunta responsable”.
Ya estaba todo preparado para cerrar el caso. Sólo faltaba dejar pasar unos días más, para que los medios siguieran haciendo su trabajo sucio de inculpar a la mejor amiga de la difunta. El Delegado municipal de Cabo estaba feliz con la actuación de la fiscalía.
Pero la historia, como siempre, tenía otros hilos invisibles. El nerviosismo de Ricardo Araos desde su escondite lo llevó a buscar protección federal, junto con su brazo derecho Jorge García. Los amparos llegaron a manos del comandante Nolberto Ritchie, quien, ignorante del complot, comenzó a hurgar. Descubrió el romance tórrido entre la contadora de Araos y éste, y que otro trabajador había traído desde Acapulco a un compadre para “un trabajito especial”. Jorge García no era sólo familiar político: era protector y ejecutor de los negocios sucios del patrón.
Cuando Nolberto Ritchie dio con el paradero del compadre de Enrique Sarmientos, Ricardo, Jorge y su esposa escaparon de Cabo sin despedirse de nadie.
Tras presionar al detenido, se reconstruyó la escena del crimen. Las evidencias encajaban con el dicho del acapulqueño. No había duda: él era el asesino material.
Y así, entre cateos vacíos, testigos ebrios, informes manipulados y sombras que huían hacia la noche, se tejía la tela de araña con la que intentaron atrapar a una mujer inocente, mientras los verdaderos culpables se escabullían entre los pliegues de la justicia corrupta.
La crónica, como la sangre en el mapeador, deja apenas una manchita. Pero suficiente para que la verdad, tarde o temprano, reclame su lugar.

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