Periodista incómodo (14)

Capítulo IV El periodista incómodo La Procuraduría de Justicia del Estado se pavoneaba como gallo en corral ajeno. «Un rotundo triunfo», proclamó con voz engolada el titular Fidencio Céspedes ante los micrófonos y las luces frías de la rueda de prensa. Las cámaras devoraban sus palabras mientras, en las sombras, otro relato se tejía con hilos más oscuros. Fue entonces cuando irrumpió, como un fantasma borracho que huía de la jauría perruna de funcionarios públicos, el bohemio Jacinto Romero. Aquel hombre desgarbado, de mirada turbia y lengua afilada, sembró la semilla de la duda en la responsabilidad que con tanto celo querían colgarle a Guadalupe de la Peña Riecke. Porque la vida, en su caprichosa crueldad, teje coincidencias que parecen burlas del destino. Aquella madrugada del sábado 29 de julio de 1995, mientras Edith y Lupita conversaban en las afueras del legendario Squid Roe —ese templo de neón y desenfreno donde la noche de Cabo San Lucas latía con pulso de mar y vicio—, Jacinto Romero dialogaba con uno de los gerentes sobre la distribución de cocaína entre los propios clientes, como quien habla del clima. Ya lo habían emborrachado hasta la saciedad, al bohemio trabajador del periódico El Triturador. El encargado, con esa mezcla de complicidad y desprecio que se respira en los bares de puerto, lo acompañó hasta su vehículo: una camioneta Eddie Bauer robada en el extranjero, obsequio envenenado del director de la policía judicial al director del periódico. Pago por discreción. Silencio comprado con fierros yanquis. —Mira —balbuceó el borracho, señalando con dedo tembloroso a la escultural mujer que jugaba con un niño en la cajuela de una pick-up roja, bajo la luz amarillenta de los faroles—. Como me la recetó el doctor. —Sip —respondió Charlie con media sonrisa lobuna—. De esas hay muchas por aquí. Cuando quieras, te pongo a la que se te antoje. —¡Sale! —exclamó Jacinto, con los ojos brillantes de una ilusión etílica. Después del intercambio, se despidieron. El bohemio enfiló hacia la casa donde siempre le daban albergue en el sur de la península. Pero el hambre y el alcohol son malos consejeros: a escasos metros de la cochera, en la esquina de Abasolo y Félix Ortega, dio media vuelta. Regresó sobre sus pasos como un alma en pena. Un poco más consciente, llegó a la Taquería Sonora, sobre Niños Héroes. Pidió dos tacos de tripa de leche, dorados, crujientes, que perfumaban el aire con grasa caliente y maíz. Les untó guacamole cremoso, salsa pasada por las brasas que aún guardaba el aliento del fuego, y salsa mexicana fresca. Remató con sal gruesa y limón ácido que hizo estallar los sabores. Mientras mordía el primero, agarró un rábano rojo y apetecible, lo devoró en dos mordiscos feroces, como quien muerde la vida misma. Con el segundo taco repitió el ritual. Luego pidió dos más de carne asada, jugosa y chamuscada en los bordes. Limón, sal, salsa roja espesa, guacamole otra vez. Todo con la ceremonia lenta y devota de un sacerdote de la gula. Tomó unos pepinillos, los roció con limón y sal, y los comió con precisión casi mística. Se sintió, por un instante, satisfecho. Pleno. Como si el mundo pudiera esperar. Pagó la cuenta cuando un grito de mujer rasgó la noche: —¡Vas a ver, hijo de tu chingada madre! ¡Te voy a matar si sigues con esa pinche mocosa! El pleito estallaba entre dos mujeres frente a una Blazer y los tripulantes de una pick-up azul: un hombre y dos jovencitas. Jacinto murmuró entre dientes: «Pinches borrachas», y siguió su camino. Al subir a su Explorer, reconoció a una de las mujeres: era la misma que jugaba con el niño en la cajuela de la pick-up frente al Squid Roe. No recordó exactamente dónde la había visto antes. Instinto periodístico, o quizá solo curiosidad de borracho, lo hizo regresar al bar. Charlie lo atendió de inmediato. —¿Qué ondas? ¿Vienes por una dama? Como por arte de magia —o de vicio bien aceitado— se acercó una gringuita de ojos azules, cabello rubio casi blanco, piel de leche recién bañada, delgada y felina. Al bohemio se le figuró que era la mismísima Julia Roberts extraviada en Baja. —Qué ondas —respondió Jacinto, ya menos ebrio gracias al milagro digestivo de los tacos—. Preséntame, ¿no? —Susane Allison —dijo ella con acento tejano, dulce y arrastrado. —Jacinto Romero —contestó el galán. De inmediato la abordó con el tema de la cultura azteca. Durante más de una hora desgranó la Conquista con pasión de cronista maldito: la Malinche como traición y salvación, el tesoro de Moctezuma brillando en la oscuridad de los templos, y por supuesto, se erguía con orgullo al narrar la Noche Triste de Hernán Cortés, esa derrota que olía a sangre y a gloria rota. Cuando creyó que la dama ya estaba embelesada, le pidió que lo acompañara. Salieron del Squid Roe tomados de la mano, dos sombras bajo el neón parpadeante. El bebedor social, como él mismo se autoproclamaba, condujo por el bulevar Marina, dobló en Leona Vicario, siguió hasta Rosario Morales. Tres calles más adelante sintió que se perdía. Redujo la marcha. Por el retrovisor vio un carro saliendo de un callejón. En la siguiente esquina se detuvo. El vehículo pasó a su lado: era la Blazer que había visto mientras taqueaba. Dentro, otra mujer. No la güera que le había llenado el ojo. No le dio importancia. Dio vuelta a la derecha y, una cuadra después, metió la camioneta en la propiedad de Elodio Yépiz, su amigo, agente de seguridad del hotel Melía. En el cuarto llamado «Cóndor», la pareja se desnudó con prisa de cuerpos que ya no preguntan. Él la besó y acarició con hambre de desierto. Ella lo acostó, se subió sobre él, lo acogió lentamente y luego se movió con sapiencia antigua, como quien conoce los secretos del placer y del olvido. Fue un sexo placentero, animal y breve, de esos que dejan sabor a sal y a ausencia. Con la primera claridad del día, Jacinto llevó a la gringa al hotel Casa Blanca y la dejó allí. Sin despedirse del dueño de la casa, enfiló rumbo a La Paz. Diez días después regresó al sur, acompañado por su amigo David Rolland para la distribución del periódico. En las oficinas de la policía judicial de Cabo se enteró de que estaban consignando a la güera que jugaba con el niño en la pick-up roja aquella noche. Le comentó al comandante que, la madrugada del 30 de julio, había visto la Blazer de la difunta en la esquina de Abasolo y Rosario Morales, por Infonavit Viejo, en compañía de otra mujer. No era la güera que pretendían empapelar. A la conductora no la alcanzó a ver bien, porque su atención estaba puesta en la que le había gustado. —Es más —confió con sorna—, ni sé cómo era la muertita. No le puse atención ni cuando estaban afuera del Squid Roe. La que tienen detenida fue la que me llenó el ojo. Hasta se lo comenté a Charlie, el del bar. El comandante Nolberto Ritchie ya sabía que Edith había sido acompañada esa madrugada por otra mujer, después de recoger al niño en casa de Hilda Ceseña Agúndez. Su experiencia le susurraba que el asesino había contado con la complicidad, al menos, de una fémina. Para no enredar más la madeja, Jacinto Romero le soltó, en tono de guasa negra: —A Edith la mataron un duende y dos fantasmas, mandados por el autor intelectual. Y eso mismo lo escribió en El Depuurador, donde quedó constancia impresa de su testimonio incómodo. Porque a veces la verdad no se dice de frente: se deja caer como una piedra en el agua quieta, y se observa cómo se expanden las ondas, perturbando la superficie de las versiones oficiales.

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