Un pitazo a la federal (2)

Un Pitazo a la Federal Cartagena de Indias, Colombia. Primeros días de julio de 1989. El sol caía como plomo derretido sobre los muelles y los avisos clasificados de un periódico local parecían salmos de salvación para hombres que cargaban el hambre en los bolsillos. En esa ciudad de murallas y suspiros, donde el trabajo bien remunerado era un espejismo, los desesperados compraban el diario como quien compra un boleto de lotería divina. Allí, entre líneas borrosas de tinta barata, brillaba el anuncio: se solicitaban marineros, cocinero y oficiales para la compañía Proflet S.A., con oficinas en el edificio América Latina. Antonio Hinestrosa, recién salido de un hospital tras treinta días de convalecencia por un accidente en la base naval, fue rechazado en su antiguo empleo. Con el alma todavía oliendo a yodo y vendas, leyó el aviso y caminó hacia el edificio como quien camina hacia un destino incierto. Allí lo recibió Félix Quiñones, quien lo enroló como simple marinero. Francisco Manuel Mendoza, ecuatoriano, ingeniero mecánico de profesión, vagaba por Cartagena buscando una oportunidad que lo redimiera del exilio económico. Devoraba los clasificados con avidez de náufrago. También fue aceptado. Pedro Felipe Croel, veterano de ocho años en inteligencia colombiana, había navegado como marinero y llegado a contramaestre en diversos buques. Su experiencia lo hizo valioso; Quiñones lo contrató sin titubear. Manuel Coero Torres, cocinero de más de veinte años en los mares del mundo, acababa de dejar el buque Neutral de bandera panameña. Caminaba por la avenida principal de Buenaventura cuando un automóvil lo interceptó. Al volante iba Guillermo Guerrero, socio de Proflet. “Me han dicho que eres un buen cocinero”, le dijo con voz de quien sabe elogiar para atrapar. Lo alabó, le prometió buena paga y descanso. Coero aceptó. Una “lanica” —esa palabra mágica— bastó para sellar el trato. Paulo Emilio Escobar, primer oficial del Grand Mary (bandera liberiana), acababa de terminar contrato en Haití. Contactó a los socios de Proflet y fue admitido. Freddy Antonio Paneso Murillo conducía el taxi de su madre cuando oyó hablar del anuncio. Su espíritu aventurero, ese que lo empujaba a destetarse del nido familiar, lo lanzó hacia la oficina. Quería mar, quería mundo. Otros colombianos —Antonio Tejeda Ramos, Carlos Plaza Viveros, Ezequiel Velásquez, José Vicente Acosta, Mario Walter Angulo— fueron de los pocos afortunados que encontraron plaza como marineros. Y el capitán Edmundo Maradey Charris, hombre de suplencias, de cubrir vacaciones ajenas y buques en dique seco, leyó el periódico el 3 de julio y se presentó ante Guillermo Guerrero en el edificio América Latina. Fue aceptado como capitán del Sea Point. Algunos tripulantes abordaron en Boca Chica, otros en República Dominicana; la mayoría, en el puerto de Colón, Panamá. Allí encontraron el barco detenido por supuestos adeudos, sellado como un ataúd flotante por la capitanía de puerto. El capitán recibió órdenes: llevar la nave al astillero de Mazatlán, Sinaloa. El 6 de julio se levantó el sello. Del 7 al 8, el práctico guió el buque a través de las esclusas del Canal de Panamá: Gatún, Pedro Miguel, Miraflores. En cada una, los pasacanaleros subían como hormigas laboriosas para enganchar las guayas a los mulos eléctricos. En Miraflores, entre el bullicio y el agua que subía como un milagro de ingeniería, un hombre se coló y se escondió en un pañol. Nadie lo vio. O nadie quiso verlo. El 8 de julio, en Balboa, aprovisionaron combustible para veinte días de navegación y víveres para veinticinco. A las ocho de la noche llegó otro práctico, pero las máquinas se negaron a despertar. Hasta las dos de la madrugada del 9 no ronronearon de nuevo. El práctico los sacó del puerto y, en la boya de mar, entregó el mando al capitán con una advertencia: “Mantenga el rumbo media hora por el tráfico”. Una vez solo en el puente, el capitán Edmundo Maradey Charris recordó la entrega del buque en Colón. Durante la revisión de rutina encontró fertilizante en la bodega número 3. —¿Por qué no botaron esa vaina? —preguntó. —Déjala ahí —le respondió Guerrero Moreno—. Es un sobrante sin seguro. Véndelo si hace falta. La tripulación no tuvo acceso a los tanques de lastre. Nadie lo consideró necesario. En alta mar, el capitán trazó rumbo a 300 grados y estableció guardias de ocho horas de trabajo por veinticuatro de descanso. Pero el Sea Point era un anciano enfermo. Averías en las máquinas, válvulas de seguridad que fallaban, tubos de combustible que se rompían. Cada arranque consumía más combustible del calculado. Los días se volvían pesados, húmedos, llenos de olor a óxido y frustración. El 16 de julio, el contramaestre divisó una figura extraña. —¡Eh, un pavo! ¿Qué hacés vos? Lo atrapó en la puerta del pañol y lo llevó ante el capitán. —¿Qué chingaos hacés aquí? —rugió Edmundo, pero vio humildad en aquellos ojos y su cólera se ablandó. El polizón se llamaba Luis Arjona Palacios. Iba hacia Estados Unidos. Traía dinero para los polleros. El capitán, resignado, aceptó una boca más que alimentar. El 25 de julio llegó la tormenta Gil por babor. El viento aulló como alma en pena, el barco se desvió más de veinte grados. Mientras tanto, en Costa Rica, dos pescadores ribereños fueron arrastrados por la misma furia y aparecieron, treinta días después, vivos pero espectros, cerca de Hawái. La noticia dio la vuelta al mundo; en México la contó Jacobo Zabludovsky en su noticiario de las 24 horas. Al quinto día de zarandeo, el capitán informó a la compañía: el huracán los había alejado seiscientas millas de Cabo San Lucas. Habría que corregir casi cincuenta grados. La tripulación vitoreó. Habían sobrevivido. Pero la alegría duró poco. El 2 de agosto, a setenta millas de la península, se acabó el combustible. El capitán llamó a Guerrero: —Mañana les mandamos un remolque de Ocean Pacific. Llegará en cuarenta y ocho horas máximo. Aguante. —También necesitamos comida —pidió Edmundo. —Usen las pastillas nutricionales del botiquín. —Están caducas. —Pasado mañana llega el remolque —cortó Guerrero. Edmundo, neurótico y exhausto, estrelló la radio contra el puente. Quedaron mudos. Dos días intentaron repararla sin éxito. Entonces el polizón confesó: —En el pañol tengo un radio. Era un aparato sofisticado. Con él, Edmundo llamó furioso: —¡La tripulación quiere hacer motín! Guerrero, imperturbable, aseguró que el remolque ya venía. Nunca llegó. Al día siguiente, Edmundo amenazó con lanzar un SOS por el canal 16: “Mayday, mayday…”. El silencio del mar fue la única respuesta. A las seis de la mañana del día siguiente, un guardacostas mexicano pidió su posición. La tripulación estalló en algarabía. Setenta millas al suroeste de Cabo San Lucas. Coordenadas exactas. Esperaron. El sol quemaba. El horizonte permanecía vacío. Cuando empezaba a pardear, alguien gritó: —¡Barco a la vista! A las 17:30 horas, el comandante de la fragata G12 solicitó permiso para abordar. El capitán, aliviado, autorizó. La tripulación ya soñaba con comida. Subieron primero seis infantes de marina, luego catorce agentes de la Policía Judicial Federal al mando del comandante Miguel Ángel Carrola Gutiérrez. —¿Dónde está la droga? —preguntó a quemarropa. El capitán respondió con otra pregunta. La respuesta fueron puños, patadas, sogas que los colgaron de manos y pies en los barandales del puente como sacos de boxeo humanos. En la bodega número 3 encontraron los paquetes. El fertilizante había sido una cortina. Eran toneladas de cocaína. Los golpes arreciaron. Los federales saquearon lo poco que tenían los marineros: relojes, cadenas, algo de dinero. Apenas mil dólares en total. Intentaron abrir los tanques de lastre. El agua empezó a entrar. El capitán gritó desesperado. Cerraron a tiempo. En el tercer tanque, un agente enjuto encontró más paquetes. Todo el 8 de agosto interrogaron bajo golpes y amenazas. El polizón confesó que un hombre llamado “el Farma” le había pagado mil dólares para vigilar el buque. Creía que eran documentos. Luego supo que eran cinco toneladas de cocaína. Mientras tanto, las “madrinas” se comían el pescado que los tripulantes habían pescado con arpón improvisado, riéndose en su cara. El médico de la fragata tuvo que vigilar las comidas para evitar envenenamientos. Por la madrugada del 9, el capitán, el electricista y el contramaestre fueron obligados a firmar un acta que justificaba todo. La complicidad entre la Armada y los hermanos Carrola venía de antiguo: un incidente en Pichilingue donde infantes de marina fueron humillados y luego se selló una alianza con fiestas, mujeres, alcohol y cocaína. Un pitazo de un pescador de Cabo Pulmo fue suficiente para que se montara el operativo. Para disimular, usaron un yate de la familia Wear llamado Sol Mar. Luego llegó el apoyo naval. Remolcaron el Sea Point hasta Cabo San Lucas. Escondieron tres toneladas en una bodega clandestina del puerto. Las dos restantes volaron en un jet de la PGR junto con los firmantes del acta. En avión comercial llevaron al resto de la tripulación a la Ciudad de México. Al mediodía, el procurador Enrique Álvarez del Castillo ya tenía lista la conferencia de prensa. Sin haber visto a los detenidos, preguntó al capitán: —¿Tú eres el que traía la droga? —¿Cuál droga, señor? —respondió Edmundo con dignidad. El subprocurador Javier Coello Trejo, padrino de los Carrola, le cruzó la cara: —¡No le falte el respeto al señor procurador, cabrón! Los fotógrafos dispararon. Los periodistas recibieron boletines y sobres con dólares. Al día siguiente, los titulares hablaron de “duro golpe al narcotráfico”. México necesitaba la certificación americana. Al capitán lo separaron, lo vendaron, lo ataron y lo golpearon con toallas mojadas hasta desmayarlo. El 12 de agosto clasificaron a la tripulación tras torturas físicas y psicológicas. A Paulo Emilio Escobar lo vincularon, por mera corazonada y similitud de apellido, con Pablo Escobar Gaviria. No tenían nada que ver. Pero bastó. Así terminó el viaje del Sea Point: no en un astillero de Mazatlán, sino en las páginas negras de la historia del narco, donde la codicia, la corrupción y el mar se aliaron para devorar a hombres que solo buscaban una lanica y un futuro. El océano, como siempre, guardó silencio. Y en tierra, el pitazo federal se convirtió en medalla.

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