Evidencia real (15)

Evidencia real El 11 de agosto de 1995, bajo la luz enferma de los fluorescentes de la Procuraduría, Liliana García Robles fue puesta ante el agente del Ministerio Público como quien presenta una pieza de ajedrez ya movida. Le advirtieron, con voz mecánica, que dijera la verdad y nada más que la verdad, y le recordaron las penas que caen sobre quien miente ante la autoridad. Ese día, en algún lugar de la ciudad, Ricardo Araos, Jorge García y su esposa comenzaron a desconfiar, en silencio, de sus propios cómplices. Liliana habló con la seguridad de quien ha ensayado su papel frente al espejo. Mexicana, nacida en Monterrey, Nuevo León, treinta y dos años, casada con el doctor Alberto Acosta, directora de un jardín de niños. Domicilio: calle Abasolo número 54, conjunto habitacional Banamex, teléfono 30175. Una vida que parecía dibujada con regla y compás. Dijo que el sábado 29 de julio habían ido a una quinceañera en Plaza las Glorias: su esposo, sus hijos y Samantha, la hija de él que no era de ella. El doctor se retiró temprano. Ella se quedó con su hermana Adriana. Juntas llegaron a la casa de Ana Leticia —otra hermana— en Infonavit Viejo, a un costado de la vivienda de Hilda Ceseña. Afirmó que entraron al conjunto habitacional cerca de las tres de la mañana. Que ella y Adriana se quedaron platicando en la calle, frente a la casa de Ana Leticia, bajo la luz mortecina de los faroles. Quince minutos después, según su relato, apareció la Blazer de Edith. La vio bajar, entrar a casa de Hilda, salir poco después con su hijo en brazos. Entonces, como impulsada por un resorte invisible, Liliana se acercó a saludarla. Le preguntó por qué no había ido a la piñata de su hijo. Edith contestó que había salido muy tarde del trabajo. Liliana notó que estaba alterada, furiosa. Edith le confesó que acababa de ver a Sebastián con Paloma. Que la rabia la había hecho seguirlos a propósito, golpeando el carro contra el de él. Que luego fue a buscarlo a su casa y tocó la puerta sin obtener respuesta. «Lo odio —dijo Edith—, lo odio y deseo que se muera». Más tarde, cerca de las tres y media, Edith marcó un número en su celular. No contestaban. Empezó a llorar. «Lo quiero mucho, lo amo… y yo sé que él también me quiere. ¿Por qué me hace esto?». Liliana le pidió que se calmara. Poco después, Edith se ofreció a llevarla. Liliana aceptó, fue por su hijo Beto y se subió a la Blazer. La dejó en Abasolo 54. Antes de bajar le dijo: «Vete con cuidado, después te hablo». Edith contestó que estaba bien y se alejó rumbo al centro. Liliana no vio si dobló a la izquierda o a la derecha. Se metió a su casa. Fue entonces, inducida por el fiscal (aunque ese párrafo nunca quedó escrito en el expediente), cuando Liliana agregó un detalle conveniente: que al salir de Plaza las Glorias, cerca de las dos cuarenta de la mañana, había visto a Edith acompañada, aunque no pudo distinguir quién iba con ella. Con esta declaración, utilizando el método de las inferencias —ese arte sutil de leer entre las líneas oficiales—, se dibuja el contorno de un complot bien armado: las autoridades protegiendo, con delicadeza de cirujano, a los autores de la conspiración que golpeó a Edith hasta quitarle la vida. Porque las horas no cuadran. Liliana asegura que salió de Plaza las Glorias a las dos y cuarenta, pero dice que llegó a casa de su hermana al cuarto para las tres. De Plaza las Glorias a Infonavit Viejo hay siete minutos de camino. ¿Dónde estuvo el tiempo restante? ¿Qué hizo entre las dos y las tres de la madrugada? Se sabe que Edith y Lupita se despidieron antes de las dos y media. Después de esa hora, Edith anduvo sola en su Blazer. ¿Qué hacía realmente Liliana en esa franja oscura? ¿De qué platicaban ella y su hermana Adriana en la calle, bajo las sombras, en vez de entrar a la casa de Ana Leticia? ¿Por qué describió con tanta precisión quirúrgica cada movimiento de Edith —bajar del carro, entrar, salir con el niño en brazos— como si la hubiera estado acechando desde las tinieblas? ¿Por qué esperó precisamente el momento en que Edith salió con su hijo para acercarse a saludarla? ¿Dónde estaba Adriana mientras tanto? ¿Por qué no fue más natural saludarla dentro de la casa de Hilda? ¿Por qué se subió a la Blazer dejando a su hermana en la calle? ¿Hacia dónde se fue Adriana después? Y luego están las cervezas que aparecieron en la Blazer. Y los cigarros. ¿Quién los llevó? ¿De dónde salieron? Liliana dice que notó a Edith muy alterada, furiosa. Sin embargo, Hilda Ceseña declaró que no le notó nada extraño, ni siquiera que hubiera bebido. Pero el cadáver de Edith apareció con ingesta alcohólica al cien por ciento. ¿La llenaron de alcohol antes de matarla? ¿Por qué el doctor Acosta mencionó haber visto dos vasos de cristal en la barra de la cocineta, como si alguien hubiera estado bebiendo allí con ella? Las coincidencias se acumulan como piezas de un rompecabezas armado con demasiada prisa. Liliana contó que Edith le dijo que fue a casa de Sebastián, tocó la puerta y «no salió». Sebastián, en su declaración, usó exactamente la misma frase: «no salió». No dijo «no le abrí». Dijo «no salió». Una extraña simetría. Liliana aseguró que a las tres y media Edith marcó un número y nadie contestó porque Sebastián tenía el teléfono descolgado. El ingeniero de las colmenas también declaró que a esa misma hora sonó el teléfono. Sebastián dijo que lo había descolgado. Paloma, en cambio, declaró que parecía ocupado. ¿Cómo puede un teléfono descolgado sonar ocupado? ¿Tantas coincidencias no delatan un guion compartido? El cadáver de Edith apareció vestido con la misma ropa que había usado en la fiesta de Noemí Unzón. No se había cambiado. Si los asesinos hubieran entrado a las diez de la mañana, como pretende la versión oficial, ¿por qué Edith seguía con la ropa de la fiesta? Es más lógico pensar que la dueña de la casa se habría quitado los zapatos, aflojado la blusa, buscado comodidad. Pero no lo hizo. Porque no le dieron tiempo. Eso solo puede significar una cosa: los asesinos entraron con ella en la madrugada, o alguien de su confianza les abrió la puerta desde dentro. Y la última mujer que estuvo con Edith esa noche… ¿no fue Liliana García Robles? La profesora del jardín de niños, la esposa del doctor, la hermana que platicaba en las sombras, la que vio demasiado y contó justo lo necesario. La que llegó tarde a su propia coartada. La que dejó preguntas flotando en el aire como humo de cigarro barato. Porque en esta historia, las evidencias reales no están en los expedientes pulcros. Están en las grietas, en las horas que no cuadran, en las frases idénticas, en las cervezas sin origen y en las miradas que se cruzan a las tres de la mañana en Infonavit Viejo.

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