Acalambran a los Carrola's (11)

Acalambran a los Carrola Tomás Cota Sánchez al saber de la muerte del joven Fernando Jordán de la Toba a manos de los Carrola, ordenó que asustaran a Miguel Ángel con el señuelo de que le secuestrarían a su hijo. Florencio Cruz, para cumplir con el encargo del jefe llamó a su privado a Leo Lara indicándole lo que tenía que hacer -- Para ello -- le dijo -- llama de un teléfono público para que no rastreen la llamada. -- No te preocupes -- Contestó -- para estos casos tengo un especialista que se las gasta solo. -- Ten cuidado, al jefe lo traen entre ojos estos cabrones – recomendó. -- Si quieres los quiebro a todos -- dijo Leo acariciando una venganza para satisfacer a sus padres porque, después de una agonía de varios días, le habían provocado la muerte a un ahijado. Los familiares del muertito no pidieron nada por temor a los Carrola -- ¡No! -- Respondió rápido -- el patrón sólo quiere que se acalambren - - agregó -- Además si los ejecutamos se nos vendrían encima las gentes de Guillermo González Calderoni -- un leve escalofrío recorrió los cuerpos de los hampones con solo recordar el nombre del hombre fuerte del sistema. -- Oquei, no se diga más -- contestó sin fuerzas. Cuando la turba enardecida había bloqueado la calle Márquez de León sonó el teléfono privado del comandante de la policía judicial federal -- ¿Bueno? -- ¿El comandante Carrola? -- La voz se escuchó desconocida. -- ¿Sí, que se le ofrece? -- Por un momento Miguel Ángel creyó que le hablaban de oficinas centrales. -- Tenemos en la mira a tu hijo, si no te vas a la chingada de este pueblo te lo vamos a enviar en pedazos como lo hicimos con el hijo de Hiram Guinner Ramírez. -- ¡Chinga tu madre pendejo, da la cara hijo de tu chingada madre! -- La voz del otrora salvaje jefe policiaco se quebró. En un intento por recobrar el valor gritó -- ¡Voy a acabar con este mugroso pueblo A lo mejor te matamos a tu otro hijo junto con tu pinche vieja cabrón -- Agregó para que se convenciera -- los tenemos vigilados aquí en el hotel El Moro -- el comandante se imaginó que en la orilla de la playa, sobre una lancha rápida varios hombres vigilaban a su esposa e hijo y que unos francotiradores estaban arriba del cerro donde empieza el hotel. Miguel no aguantó más, de un golpe colgó el teléfono. Le ordenó a su hermano que hablara con el comandante de la IV zona naval para que le diera protección a su familia -- ¡No, espera!, mejor háblale al Jorobado para que se haga responsable de lo que le pase a mis hijos. Por su parte, el propio comandante de la policía judicial federal habló a la ciudad de México exigiendo un comando especial para que resguardaran la integridad física de los agentes. Guillermo González Calderoni le ofreció enviar el comando del duro Guillermo Murrieta López. -- Me acabo de comunicar con el Jorobado y me dijo que no te preocuparas, que a partir de este momento él se hacía cargo de todo -- dijo Jesús Ignacio al entrar al privado. -- Oquei -- respondió más tranquilo porque su jefe le había ofrecido que en dos horas estaría Murrieta con ellos. Al filo del medio día, el profesor Luis el Bicho Romero llevaba en su carro al hijo de Miguel Ángel para las oficinas de la PGR donde lo dejaba cuando no pasaban por él a la escuela. De pronto al ver a la multitud sintió temor. El miedo lo obligó a pensar en hablar por teléfono de la casa de su mamá que se encontraba por esa misma calle. Al escolapio le dijo que esas gentes eran familiares de unos narcos que habían detenido -- ¡Mira! -- Llamó su atención enseñándole el periódico -- aquí dice que eran de Sinaloa y del Valle de Santo Domingo -- Mientras se van -- Agregó -- te invito a comer a casa de mi mamá, de ahí vamos a hablar por teléfono con tu papá -- instintivamente el profesor sacó un cigarrillo que prendió entre sus temblorosos dedos. -- Bueno -- respondió el secundariano sin emoción alguna. Al llegar al domicilio de su madre en Márquez de León entre México y Melitón Albañez, el profesor entró apresurado seguido de su alumno. Trató de llamar al comandante Miguel Ángel pero el teléfono sonaba ocupado. Marcó al hotel El Moro, de inmediato lo comunicaron con la mamá del jovencito -- ¡Señora! -- Descargó su impaciencia -- le habla el profesor Luis Romero Delgado. ¿Dónde está usted? -- Le cortó la palabra desesperada. -- Aquí, en casa de mi mamá, por la calle Márquez de León, la misma calle de las oficinas de su marido pero como catorce cuadras más arriba, por donde esta una gasolinera. -- ¿Dónde? -- La afligida madre no lograba ubicarse. -- Llegue usted a la gasolinera y a media cuadra. -- Mire, ¿por qué no viene usted al hotel?, ¡espere!, voy a hablar con Miguel, me vuelve a hablar en cinco minutos -- lo dijo en tal forma que al Bicho le pareció una orden. Doña Rosita Delgado invitó a la mesa al jovencito y al Bicho para que comieran espagueti con queso parmesano, carne aderezada con piña y una limonada -- Pero por favor apaga ese cigarro -- le pidió a su hijo -- ora, tu también acércate -- le dijo a su nieto Ramón Parra Romero que se encontraba de visita. -- ¿Bueno? -- Volvió a llamar el Bicho sin probar la comida. -- ¡Ah, sí! -- Contestó la señora Carrola -- dice mi esposo que le espere ahí, que ahorita manda por mi hijo. Afuera de la casa de la familia Romero Delgado, un vehículo con vidrios polarizados sonó el claxon -- Parece que ya llegaron -- cortó la conversación el Bicho -- es un carro guinda con vidrios oscuros. -- Ese es -- Aseguró la señora -- salga usted con confianza. -- Oquei -- se despidió colgando el auricular. Un tanto temeroso, por lo extraño de los acontecimientos, Luis Romero salió al jardín. Del vehículo se bajaron dos tipos vestidos de negro, reconoció a uno de los federales -- ¡Espérenme! -- Les gritó -- ahorita le digo a Miguelito que salga, está comiendo -- otro cigarro apareció en las manos del tembloroso profesor. De inmediato los agentes echaron mano de sus pistolas asustando aún más a Luis Romero. El escolapio salió al escuchar -- ¡Noventa y dos! -- Mientras el Bicho era encañonado. -- ¡Equis diez! -- Se oyó por guoqui toqui. -- ¡No!, déjenlo -- gritó el jovencito en defensa de su profesor. -- ¡Diez veinte! -- Se escuchó de nuevo por el radio-receptor. Los federales pidieron disculpas explicando -- Recibimos una llamada telefónica donde nos informaron que secuestrarían al hijo del jefe, incluso nos dijeron en qué escuela estaba estudiando y cuando fuimos por él ya se había venido con usted Repuesto de la impresión el Bicho alcanzó a balbucear -- No hay problema, lo entiendo -- otro llamado en clave les ordenaba a los federales que llevaran al profesor al hotel para que él mismo le entregara al jovencito a la mamá. -- Profesor -- le dijeron -- nos esta ordenando el comandante que nos acompañe a dejar a Miguelito al hotel donde lo está esperando la mamá. -- Muy bien -- respondió -- me voy a despedir de mi mamá -- uno de los agentes acompañó al profesor hasta la puerta principal. Una vez que salió le indicó que subiera al auto, un Continental con interiores de caoba, asientos de terciopelo y una confortable alfombra color rojo. Deslizaron el auto por la avenida Isabel la Católica hasta confluir con la calle Morelos. Al doblar vieron la bahía de La Paz, les pareció majestuosa sobre todo cuando pasaron por el paseo Álvaro Obregón, de ahí tomaron rumbo a la carretera al puerto de Pichilingue. A los minutos llegaron al hotel El Moro. El llanto de la madre al ver a su hijo no se hizo esperar -- ¡Gracias profesor! -- Le agradeció al Bicho dándole un beso en la mejilla como muestra de su agradecimiento. Le ofreció algo de tomar pero el mentor con gentileza no aceptó. -- Acabo de tomarme una limonada, gracias es usted muy amable -- para tranquilizar a la madre empezó a narrar su experiencia al llegar a las oficinas de la PGR -- cuando llevaba a Miguelito con su papá vi una manifestación que no me dejó entrar -- mintió para no demostrar el temor natural que sintió ante la enardecida turba. Enseguida pidió que lo llevaran al domicilio donde había dejado el carro -- Mi mamá se quedó con el pendiente -- se excusó. -- Como no, con gusto -- le contestó la señora agradecida -- ¿Si lo pueden llevar por favor? -- Les pidió a los mismos agentes. Al salir del hotel intentó subir el pie al Continental, un temor incierto lo hizo trastabillar, tembloroso se acomodo en el asiento delantero. Se alejaron por donde llegaron. Al sentir la brisa del mar los temores inciertos que sentía desaparecieron como por arte de magia, pareció que el contacto con la naturaleza lo liberaba de la desconcertante angustia irreal que lo embriagaba Algunos conocedores de la medicina sicosomática dicen que esos temores, en un alcohólico o neurótico, tienen su origen en las sensaciones, que sólo es mental, no real. Al llegar al domicilio se despidió de los judiciales -- Nos vemos, gracias – Luego, en cuanto saludó a doña Rosita, el profesor se retiró para meterse en una cantina donde se tomó un par de tragos que terminó por disipar la tensión confusa que sentía. Le habló por teléfono a su amigo Manuel Castro platicándole la experiencia vivida. A los minutos la mesa del Bicho estaba llena de amigos.

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