Toque de queda (4)
Toque de Queda
La noche caía sobre La Paz como un sudario de plomo. Las luces de las farolas titilaban débiles, asustadas, y en los cafés de la plaza, donde antes resonaban las risas y el tintineo de las copas, ahora solo quedaba el murmullo bajo, el susurro envenenado de quienes ya no se atrevían a alzar la voz. Poco a poco, como una marea negra que sube sin hacer ruido, la población empezó a preguntarse el porqué el gobernador permitía los atropellos de los federales al mando del comandante Miguel Ángel Carrola Gutiérrez.
—Pos a lo mejor porque Gaxiola está dentro del narco —decían en los cafés, y las palabras caían como gotas de ácido sobre el mármol de las mesas.
Blanca Fisher, con los ojos aún encendidos por la rabia antigua, apoyaba con su presencia la parada política de Juan Pablo López Yee. Su voz, firme como el viento que azota el desierto, cortó el aire:
—A poco no se acuerdan que a los hermanos de Juan Diego los detuvo la DEA.
Jacinto Romero, entre los pocos valientes que aún rodeaban al líder del PRD, escupió con desprecio:
—Ese pinche Jorobado… A Juan Diego le había ocurrido un accidente donde perdió la movilidad sicomotora, al ir a mover una hélice de una avioneta que conduciría, en un recorrido político, al presidente de la República mexicana, Miguel de la Madrid Hurtado. Que no se haga pendejo, él ya sabía que sus hermanos controlaban las avionetas que bajaban en su rancho La Ponderosa.
Blanca asintió, recordando las fotografías que había exhibido durante casi un año, como quien clava estacas en el corazón de la impunidad:
—Yo estuve casi un año exhibiendo las fotos del rancho de Gaxiola aquí mismo donde está Juan Pablo. La palomilla de recursos hidráulicos hizo el camino al rancho. Yo le tomé fotos a las motoconformadoras cuando pasaban por mis terrenos… incluso, despedazaron mi cerco.
Jacinto, que aún no incursionaba en los medios, preguntó con ingenuidad que ya empezaba a pudrirse:
—¿Y los periodistas no dicen nada de esto?
—Están controlados —respondió Blanca.
—Están conveniados —aclaró Juan Pablo, con la amargura de quien ha visto cómo se compra el silencio con billetes y con miedo.
La llegada del reportero Ignacio Rodríguez los obligó a callar. Sabían que era informante de los federales; su sombra era más pesada que su cuerpo. Se acercó a Juan Pablo y, en voz baja, como quien entrega un veneno envuelto en terciopelo, le susurró:
—Miguel Ángel quiere platicar contigo.
—No tengo nada de qué hablar con él —respondió Juan Pablo en voz alta, para que todos oyeran su rebeldía.
—Yo nada más te traigo el mensaje —añadió el reportero, retirándose con el desdén recibido como una bofetada que ya conocía bien.
El silencio de los periodistas no era de cobardía simple, sino de una complicidad tejida con hilos de terror y de placeres baratos. Los Carrola los amenazaban con causarles daño a sus familiares o, simplemente, los silenciaban con mujeres, vino, comilonas, droga, boletos de avión, carros decomisados… En esa danza macabra también participaba Egidio Torre Gómez, agente del ministerio público de la federación, que movía los hilos como un titiritero borracho de poder.
Para apaciguar un tanto las voces de inconformidad por el asalto a Tembabichi, los Carrola desmembraron una banda de narcotraficantes que controlaba el Coordinador de Seguridad Pública Estatal, Roberto Villaescusa. La banda se reunía en un domicilio de las calles Padre Kino entre Navarro y 5 de febrero, conocida como la Puerta de Alcalá, un nombre que, en ironía cruel, parecía burlarse de la libertad que ya no existía.
A la opinión pública le dijeron, a través de sus corifeos de la nota roja —Gordon Krause, Chema Tapia, Renato Castro, Nacho Rodríguez, Luis Ernesto Servín, Javier Agüero y Jorge Susarrey Cabrera—, que la banda la comandaba Gilberto López Fregozo, dueño del cabaret Valle Verde. Entre los participantes figuraban Isidro “el Chilo” Ramírez García, Arturo Valdovinos López, René y Everardo “el Chacho” Castañeda Partida y José Torres Hernández. En los periódicos se informó que los dos últimos lograron huir. La verdad fue otra, más sórdida y más humana: José Torres, dueño de una refaccionaría, les entregó un buen fajo de billetes por la libertad de él y de su amigo el Chacho.
José Torres se fue a vivir a Ciudad Constitución, donde se cambió el nombre, pero un delito de fraude lo puso al descubierto. Por su parte, el Chacho Castañeda tiempo después fue secuestrado y llevado como regalo de cumpleaños a un integrante de la banda Logan. El festejado, al verlo atado de pies y manos, sacó una pistola, vació el cargador sobre el cuerpo inerte y siguió accionando el arma sin balas hasta que sació su resentimiento, como si el eco de los percutores vacíos pudiera borrar la culpa.
El cadáver del Chacho Valdovinos fue encontrado días después encajuelado en la ciudad de Tijuana, convertido en un paquete macabro que nadie reclamó.
En el operativo contra los integrantes de la banda de la Puerta de Alcalá, Jesús Ignacio se agenció un fino reloj de oro y un torzal del mismo material. Decomisó un camión que donaría, a los días, a la Marina de México, dos vehículos Grand Marquis, una camioneta Bronco, un pick-up, 5 mil dólares y 40 mil pesos mexicanos. En el cabaret Valle Verde, las madrinas y compadres de los Carrola destrozaron el inmueble en busca de una droga que nunca encontraron. Las pocas botellas de licor que había en sus cavas fueron consumidas junto con las putas, que fueron obligadas a satisfacer a los lujuriosos soplones mientras la noche se llenaba de risas grotescas y de gemidos que sabían a miedo.
Egidio Torre Gómez le regaló la camioneta Bronco a su compadre Gordon Krause. Por su parte, el agente del ministerio público de la federación se quedó con uno de los vehículos Grand Marquis, que nacionalizó y vendió en su natal Tamaulipas. El otro vehículo le fue dado en comodato al comandante de la zona militar. Gordon Krause, por las noches, se paseaba en el vehículo decomisado por las diferentes calles de la ciudad de La Paz y los Cabos, mostrando su impunidad y su complicidad chocante con los abusivos federales. Los actos de los sicarios de la pluma obligaban al pueblo, sobre todo a las madres sudcalifornianas, a traer el Cristo en la boca, rezando en silencio por sus hijos que ya no regresaban a casa.
Los agentes federales comisionados en la delegación de la PGR en Baja California Sur se dieron el lujo, después del operativo, de rentar 12 departamentos propiedad de Gilberto López Fregozo, a quien, por cierto, le habían pedido 100 mil dólares por su libertad. Un error de su suegra, que llegó a las oficinas federales con un amparo, le valió para que le aplicaran todo el rigor de la ley. No se respetó el amparo porque los Carrola eran la ley.
El abogado cómplice de los Carrola, Salvador Vidaurri, había triangulado la farsa de la defensa a través del licenciado Fabián Castillo, quien, creyendo aún en la legalidad, no pudo hacer lo que a derecho correspondía. También él había sido engañado por la mafia de abogados, periodistas, políticos y militares que le rendían pleitesía a los Carrola, como vasallos ante un rey sanguinario.
Algunos de los beneficiados con el botín fueron Proscenio Hurtado, compadre de Jesús Ignacio, y los José Berumen, padre e hijo. “Es parte de las ganancias en esta guerra contra los malos”, decían con cinismo. Los Berumen regenteaban un restaurante en las calles Independencia y Gómez Farías donde vendían droga con la autorización de los Carrola. Otros beneficiados, como después se vería, fueron Vidal Galindo, Heliodoro Cerecer Moyrón y Armando Aguilar Gaxiola, primo hermano del gobernador Juan Diego Gaxiola.
Al notar los Carrola que los jefes políticos no se atrevían a ponerles un hasta aquí, empezaron a detener a funcionarios públicos que consumían o traficaban con cocaína. De Santa Rosalía les llegó el pitazo de que el comandante de la policía judicial del estado, Job Higuera Blanco, y dos de sus agentes transportaban combustible para las avionetas que hacían escala en el aeropuerto de Palo Verde o en pistas clandestinas de la región.
Los Carrola realizaron un operativo con la mitad de sus efectivos y media docena de madrinas —entre compadres y amigos— deteniendo al mañoso en una trampa que le pusieron de acuerdo con el director de la corporación, Sergio Porras Hinojosa.
Job, después de ser citado por el subdirector, llegó a las oficinas de la PJE, donde recibiría instrucciones para una nueva investigación. En la entrada principal estaba el judicial del estado Juan Sandoval, quien le avisó por radio al federal Omar Yáñez que “la paloma había llegado”. Los abusivos ayudantes de los Carrola se encontraban cerca de la puerta trasera. Se abalanzaron contra aquel hombre de más de 1.80 metros de estatura y 120 kilos de peso. Lo sometieron, no sin dificultad.
—¿Qué chingados se traen, cabrones? —preguntó Job.
—No se haga pendejo, comandante —contestó Omar—. Usted le está dando protección a unos mañosos en Santa Rosalía.
Por el camino a las oficinas de la federal intuyó que en la trampa había participado su compañero, a quien creía su amigo, Juan Sandoval.
—¡Vas a ver, hijo de tu chingada madre! —le gritó al bajar del auto, propinándole una patada en el estómago.
—¡Agh! —se quejó Juan Sandoval—. Haz lo que quieras, güey —contestó confiado, el que a partir de ahí fue comisionado a la PGR.
Una vez en el patio de torturas no le tuvieron consideración. Mientras lo golpeaban le preguntaban que si quiénes eran los buenos.
—No sé —contestaba a cada pregunta.
—No te hagas pendejo, hijo de tu chingada madre. Ya el Panza de Agua Villaescusa te puso el dedo. Sabemos que eres amante de la licenciada Argentina Cervantes.
—Digan lo que quieran. De mí no sabrán nada —respondió seguro de sí el comandante habilitado como tal por el gobernador, quien además era su protector y cómplice.
El Panchón Higuera y el Muelas Cansino, agentes de la policía judicial del estado comisionados en Santa Rosalía y presuntos cómplices del comandante, confesaron que un tal Plateros les llevaba turbosina en una pipa del gobierno del estado.
—¿Cómo se llama? —quiso saber Miguel Ángel.
—No sé —contestaron por separado—. Sólo sabemos que le dicen Plateros y que trabaja en gobernación con el Panza de Agua Villaescusa.
—¿Con Roberto Villaescusa? —quiso escuchar ese nombre Jesús Ignacio.
—Sí —contestó el Panchón.
—Pero dime cómo se llama —insistió Jesús Ignacio.
—Roberto Villaescusa Toledano.
Desconcertado al escuchar los apellidos diferentes, el jefe federal preguntó:
—¿Y por qué dicen que es medio hermano del Jorobado Gaxiola?
—No lo sé. El que sabe es el Plateros, ese cabrón le conoce la vida a los jefes —respondió el Panchón.
Poco a poco los Carrola le fueron sacando los nombres de los hombres de empresa y negocios que podían chantajear en el norte del estado. Les ponían, literalmente, los nombres en la boca para que ellos sólo los repitieran. Para lograr el objetivo utilizaron, desde luego, la tablita, el tehuacán con chile, la chicharra en los testículos, la bolsa de plástico en la cabeza y, por último, cuando ya estaban mareados de tanto golpe, los hacían caminar por el brocal de un pozo con los ojos vendados, como si la muerte misma los estuviera midiendo con su aliento frío.
Después de sacarles la verdad —esa verdad sucia de los malvados—, los Carrola se trasladaron a las oficinas de la Coordinación de Seguridad Pública donde detuvieron a dos agentes que se encontraban ahí. Decomisaron varias armas para el uso exclusivo del ejército y fuerzas armadas, así como dos bolsas de plástico que contenían medio kilo de cocaína cada una. Sergio, desde luego, ya había sido avisado que iban por él.
Por la noche los agentes federales llegaron a las oficinas de gobernación donde, por un error imperdonable, detuvieron a Rafael Plateros solo porque el apellido coincidía. Dos días después lo dejaron en libertad con el clásico “Usted perdone”.
Con la detención de estos otros agentes de la Coordinación de Seguridad Pública, los federales empezaron a armar el rompecabezas que componían la banda de narcotraficantes que algunas veces guardaban la droga en una bodega de la refaccionaría de Cirilo Lamontiel, de las calles Ignacio Allende y Revolución, o en las casas de seguridad del aduanal Filiberto Sanvicente.
También el mecánico de transmisiones automáticas conocido como el Coyote conoció la fuerza bruta de los Carrola, sólo porque los detenidos mencionaron su nombre por ser amigo de Cirilo Lamontiel. Yarderos, mecánicos, yonqueros, meseros, taxistas, peritos, criminólogos, segunderos, chóferes, pescadores, cantineros, profesores… todos pasaron por las oficinas de la PGR, donde en sus celdas clandestinas los ablandaban, sobre todo a los que no querían “ponerse” con los federales.
Si no querían “jalar” con los Carrola, los exhibían ante sus familiares que, obligados por el sufrimiento de sus consanguíneos, tenían que depositar no menos de 5 millones de pesos, aunque la cuota era de 14 millones. “Parejos”, decía Miguel Ángel a sus efectivos. “A los pesados ya saben, les quitan a cómo sea el pájaro”.
Por lo regular, y sobre todo por su intuición, los Carrola convertían al detenido en un delincuente de gran peligrosidad: si traían un gramo de cocaína, les obligaban a confesar que era lo que les quedaba de varios kilos que ya habían vendido entre los viciosos del lugar. Con esos argumentos nadie podía salir de sus casas en altas horas de la noche, mucho menos cruzarse por donde ellos estaban. La ciudad parecía que estaba bajo toque de queda.
El licenciado Iván Van Scot, en una de sus noches de bohemia, al acercarse a saludar al reportero del periódico La Extra, Francisco Sánchez, que estaba en una mesa junto con los Carrola en la discoteca La Cabaña, recibió un descontón y un par de cachetadas de parte de los guardaespaldas. Como se defendió, lo llevaron a las celdas de Márquez de León, donde le bajaron la borrachera con los métodos por ellos practicados: golpes, humillaciones y el silencio eterno de quien ya no volverá a ser el mismo.
Por esos días, un joven pescador de la familia Camacho, que tenían su residencia en las calles Abasolo y Sinaloa, manejaba su vehículo por la calle Madero y al llegar a la confluencia con Márquez de León hizo el alto de cortesía. A lo lejos vio que se acercaba un tipo en una moto. No le dio importancia. Aceleró su auto. El de la moto se le atravesó. Para su mala suerte, el motociclista le pegó al guardafango derecho del sedán, cayendo al suelo. El joven se bajó para prestarle auxilio, pero el motociclista lo recibió a gritos, encañonándolo con una pistola .45:
—¡Vas a ver, hijo de tu chingada madre! ¡No sabes con quién te topaste!
De inmediato, media docena de federales salieron de las oficinas de la PGR que estaban a solo 30 metros del accidente. Se llevaron detenido al pescador diciéndole que había atropellado al comandante Nacho Carrola. El conductor del vehículo, desde luego, no sabía de qué le estaban hablando.
En el patio trasero, donde tenían las celdas clandestinas, el joven probó la furia de un Nacho golpeado en su ego. Minutos antes sus secuaces le habían amarrado al chavalo, pero como sintió miedo al verle a la cara, al ir a descargar su ira, le tapó los ojos con un pañuelo ensangrentado que estaba sobre el brocal del pozo. Luego lo abofeteó, le pegó con los puños envueltos en una toalla de mano.
—¡Ya estuvo, compa! —se atrevió a exigir el golpeado—. Te voy a pagar los daños ocasionados.
Lo siguió golpeando hasta que llegó el comandante Miguel Ángel. Otro día llamaron al papá del joven y lo obligaron a vender panga y motor para completar el pago por una motocicleta último modelo. Mal comido, impotente, el padre malbarató las artes de pesca hasta reunir los 14 millones de pesos que le exigieron los federales por la libertad de su golpeado hijo.
Y así, bajo ese toque de queda invisible pero más real que cualquier decreto, la ciudad de La Paz aprendió a respirar con miedo, a caminar mirando al suelo, a callar cuando los federales pasaban. Porque en aquellos días el verdadero poder no estaba en el Palacio de Gobierno, ni en las leyes escritas con tinta desvaída, sino en las manos de quienes habían convertido la justicia en un negocio, el miedo en moneda y la noche en un reino sin amanecer.
La gente ya no preguntaba en voz alta. Solo murmuraba, como quien reza una letanía prohibida:
—Toque de queda… toque de queda… y nadie se atreve a tocar la campana.

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