Fernando Jordan (9)
Capítulo II
Fernando Jordán de la Toba
Los federales al mando de los Carrola, después de golpear a Martín
Atondo Navarro salieron a tomar aire a la banqueta. Por las tardes, un
viento agradable proveniente del norte se dejaba sentir en la ciudad de La
Paz -- Es el coromuelito -- decían los lugareños. El aire venía con
dirección de la playa conocida como el Coromuel, muy concurrida por
los vecinos y los turistas. Sus blancas arenas y aguas cristalinas así como
lo tranquilo de las olas, hacían de esas playas un lugar seguro para los
bañistas.
Al caer la tarde decenas de personas que se dedican a la caminata, a
mantener en forma su cuerpo o simplemente a la aventura suben, frente a
esa playa, a un cerro conocido como la Calavera desde donde observan la
puesta del sol sobre la serranía que culmina con la Punta el Mechudo. Lo
caprichoso de sus formas invita a sus escaladores a la meditación.
El día 2 de diciembre de 1989, el profesor Ricardo Osuna Amador se
preparó para salir a dar la vuelta en su Grand Marquíz de modelo
reciente, parecido a los vehículos que regalaban los narcotraficantes de la
talla de Rafael Caro Quintero a los jefes de la federal. Los contratistas
para no quedarse abajo, como decían en son de broma, también
empezaron a regalar ese tipo de carros a los oficiales del ejército que los
beneficiaban con los trabajos de los conjuntos habitacionales.
Después de la siesta del mediodía, el profesor se bañó, le pidió ropa
limpia a su esposa mientras se rasuraba la cuasi lampiña barba. Con la
toalla húmeda se limpió un hilillo de sangre que le provocó su
desesperada forma de rasurar, de una botellita que decía after shave
lotion vació un poco de líquido que frotó por su rostro -- ¡Ahhh! --
Exhaló llamando la atención de su hijo.
-- Papi no te vayas a tomar, queremos que nos lleves a las nieves de la
Flor de Mayo.
-- No se preocupen -- Dijo al entrar a su recámara con la ropa
planchada.
Salió airoso mostrando sus botas de piel de pitón que recién había
comprado con los aguinaldos. Subió al auto -- No llegue tarde -- Le rogó
la mujer -- quiero ir con mi comadre -- recibió como respuesta un
movimiento del brazo izquierdo del chofer diciendo adiós.
De la calle Ángel Mattioti, donde vivía, pasó al bulevar 5 de febrero
por donde bajó hasta llegar a las afueras del Santuario en honor a la
virgen de Guadalupe a la altura de la calle Aquiles Serdán. De pronto
frenó el automóvil al ver a su amigo René Alonso -- ¡Hey! -- Le gritó --
¿No traes nada? -- con esa contraseña los Pachecos se preguntaban si no
traían marihuana.
-- ¡Nel! -- Fue la respuesta instintiva del aludido al no reconocer de
inmediato al chofer del auto que lo hacía más lujoso el que trajera los
vidrios polarizados. Por un instante creyó que era un judicial con
sombrero de ala ancha -- ¡Ah cabrón!-- Corrigió. Se acercó a la
ventanilla -- No te reconocí güey, los Bimbos tienen de la que hizo toser
a Satanás -- Arrastró la frase con la intención de influir en el profesor que
siempre lo invitaba ‘a jalarle las patas a judas’. Vio que los asientos eran
de piel pero lo que más le llamó la atención fue la música de un corrido
que andaba de moda de Lorenzo de Monteclaro que salía de un estéreo
de 8 track. En esos momentos pasó un sudoroso joven a bordo de una
bicicleta -- ¡Epa! -- le gritó René -- ven -- le pidió.
Fernando Jordán de la Toba de 19 años de edad parecía un niño que
recién dejaba el cascarón materno para entrar a la adolescencia -- Qué
ondas -- Dijo al llegar.
-- ¿Cómo te fue con lo del anillo? -- Le preguntó al que acababa de
jugar una cascarita de fútbol.
Fernando le había vendido un anillo a su patrón -- Pinche madre --
Respondió -- el anillo me lo dio un compa por una deuda que tenía
conmigo, lo que no sabía es que era robado, la judicial me llevó a
declarar pero les dije la verdad y me dejaron salir -- Fernando trabajaba a
un lado de su casa en una fábrica de mosaicos de la familia González
Carballo.
-- ¡Vamos! -- Intervino Ricardo -- vamos a dar la vuelta mientras
hacemos tiempo para ir a una quinceañera.
-- No puedo -- Respondió Fernando.
-- Deja la bicla en tu casa -- Terció René.
-- Acabo de jugar fútbol y ando muy hediondo.
Ve a tu casa, deja la bicicleta y te bañas -- Le dijo el profesor --
mientras nosotros vamos a comprar un seis de cervezas.
-- ¡Órale! -- Contestó entusiasmado el jovencito.
-- Apúrate pues -- Le dijo René.
Fernando llegó a su casa que estaba a 300 metros del lugar, en Aquiles
Serdán entre Sonora y Sinaloa, diciendo -- ¡Amá!, deme ropa porque voy
a ir a un baile -- Sorprendida doña Chuy lo dejó hablar -- ahorita van a
pasar por mí.
-- ¿Dónde vas? -- Le preguntó la mamá que recién había cocinado una
veintena de tortillas de harina para la cena.
-- Voy a una quinceañera -- Gritó jubiloso desde el baño.
-- Pero es muy temprano, a no ser que vayas a barrer -- Contestó
viendo que aún no se ponía el atardecer bermejo que caracterizaba las
tardes en el mar de Cortez.
-- Es que vamos a pasar por otros amigos -- Respondió enjabonándose
la entrepierna.
A los minutos llegó el lujoso auto, doña Chuy sintió recelo. Por entre
las varas trabadas del cerco vio cuando se bajó René Alonso -- ¡Doña! --
Gritó suave -- ¿Y el Chanclitas? – Así era conocido Fernando en la
familia.
-- Orita viene -- Le contestó la señora que se mecía en una poltrona
bajo la sombra de un limonero, no se levantó, reconoció en el Rene a un
tipo que no cae bien.
-- Nos vemos mam -- Me despidió el oloroso hijo.
-- No vengas tarde -- Le rogó doña Chuy.
-- No te preocupes, antes de la once estoy de vuelta.
Doña Chuy al ver que se retiró el carro sintió una congoja que le hizo
entrecortar la respiración -- Cuídalo Señor -- Externó una plegaria viendo
al cielo.
El auto color blanco se deslizó por la calle Sonora y luego por la
Revolución hasta llegar a la Sinaloa donde los Bimbos se pasan las
tardes fumando marihuana -- ¡Qué ondas! -- Saludó René -- ¿No tienen
un carrujo? -- preguntó al grupo.
-- ¿De cuánto quieres? -- El Marruffo respondió con otra pregunta.
-- De cincuenta -- Terció el profesor al ponerse el sombrero que lo
hacía parecer de más edad.
Con el paquete de marihuana en la mano se retiraron forjando un
cigarrillo que consumieron en dos tandas René y Ricardo. Fernando no
quiso -- Ando muy cansado de jugar fútbol -- Se disculpó. Sorbió un
trago de cerveza que le habían dado al subir.
Debido a que la marihuana parecía más guarumo que hoja seca,
Ricardo invitó a sus compañeros a la casa de un periodista -- Este cabrón
si tiene una mota muy buena, se la dio el Nacho Carrola por una
publicación a su favor -- Les dijo como si conocieran a los Carrola que
ya empezaban a ser famosos por sus golpes a los narcopolíticos de la
localidad.
En un domicilio del bulevar Eusebio Kino, el chofer se bajó del Grand
Marquíz para comprar de la marihuana que habían decomisado los
federales de un cargamento procedente de Colombia.
Con una sonrisa de oreja a oreja regresó el profesor -- Ja ja ja ja ja, esta
si pone, ja ja ja -- Dijo entre risas al subir.
René ansioso, le prendió fuego a un pitillo que ya venía liado. Bajaron
por la calle Márquez de León, al llegar a la avenida Isabel la Católica le
pidió a Fernando que la probara -- No compa -- Le dijo titubeante -- la
verdad me hace mucho daño.
-- ¡Ándele! -- Terció el maestro -- esta no hace daño, la traen de
Colombia, viene limpiecita.
-- Ora pues – Les dijo al cruzar la calle Altamirano ante la
insistencia de sus amigos. De pronto les pareció que se hacía de noche.
La colosal sombra de un ancestral árbol de tamarindo les cerró la visión.
La familia Rolland conserva el frondoso árbol como un grato recuerdo de
sus antepasados. El sol se había ocultado dejando a su paso un haz
multicolor, predominando el gris, como presagiando algo -- A ver si es
cierto -- Agrego no muy convencido el jovencito.
Dos cuadras mas delante, Fernando empezó a toser. En los cuatro altos
de la calle Madero, el profesor y René soltaron una carcajada que
siguieron arrastrando por toda la Márquez de León hasta la Belisario
Domínguez. En esos momentos salían a la banqueta Jesús Ignacio
Carrola, Omar Yañez y Juan Sandoval a tomar aire después de que por
enésima vez golpeaban a Martín Atondo. Atrás de los federales salieron
las madrinas el Cotorro y el Flecha acompañados por el sobrino de los
jefes, José de Jesús.
Al pasar el lujoso Grand Marquíz por el frente de las oficinas de la
PGR, como si el diablo se hubiera despertado, se dejaron oír las
carcajadas que le parecieron burlas al segundo comandante de la PJF --
¡Vaya por ellos! -- Ordenó enfurecido Jesús Ignacio. De inmediato Omar
y Juan subieron a un carro patrulla -- ¡Espérenme! -- gritó el jefe
envalentonado al ver a los madrinas y a su sobrino que corrían para subir
al auto.
El vehículo color blanco de los jóvenes dio vuelta a su izquierda sobre
la calle Belisario Domínguez, el chofer alcanzó a ver por el retrovisor
que una patrulla salía a toda velocidad de las temibles oficinas de la
PGR. Enseguida se dio cuenta que el auto patrulla seguía atrás de ellos,
antes de llegar a la calle Legaspy los federales les bloquearon el paso.
Jesús Ignacio se bajó encañonando al chofer. Omar y Juan encañonaron a
los acompañantes mientras que los madrinas abrían las puertas.
-- ¡Órale cabrones! -- Les gritaron a los jóvenes -- ¡Bájense!
El Flecha y el Cotorro revisaron debajo de los asientos del vehículo
encontrando dos cigarros de marihuana -- ¡Aquí hay droga! -- Gritaron
jubilosos para quedar bien con su patrón.
-- ¿Qué? – Exclamó mostrando sorpresa Jesús Ignacio al notar que
algunos vecinos se asomaban a la calle -- ¡Ah cabrones, son narcos! --
Añadió como un justificante ante los mirones -- hay que llevarlos a la
oficina.
Los 3 jóvenes a jalones y puntapiés fueron subidos a la patrulla
mientras que el Grand Marquíz fue manejado por
Juan Sandoval, agente de la policía judicial del estado que recién había
sido comisionado a la federal como premio por la detención del
narcojudicial Manuel Parra Rubio.
-- Denos chance -- Le pidió Ricardo Osuna al segundo comandante
cuando eran conducidos a las celdas clandestinas -- usted diga cómo
arreglamos esto.
-- Cáiganse con 10 millones de pesos cada uno -- Les exigió Jesús
Ignacio.
-- ¡Oiga! -- Intervino Fernando -- eso es mucho dinero, apenas gano
ciento cincuenta pesos a la semana.
-- Eso es pedo de ustedes -- Terció Omar Yañez -- vendan lo que
tengan de valor para que salgan de esta bronca.
-- Yo no tengo nada, sólo una bicicleta -- Insistió el inexperto
jovencito. La respuesta fue tomada como una burla para los federales
acostumbrados a que les rindieran pleitesía. Se vieron a los ojos antes de
llegar a las oficinas.
Bajaron a los jóvenes mientras que Juan parqueaba el auto color blanco
detrás de la patrulla -- A este le dan tratamiento especial -- Le ordenó
Jesús Ignacio a su sobrino y a los madrinas señalando al más jovencito
de los detenidos.
-- Déjamelo a mí -- Pidió José de Jesús -- quiero estrenar estas botas --
dijo ufano lustrando las de carey con la pantorrilla sobre el pantalón levis
que lo hacía parecer un cow boy de la Unión Americana.
La noche del sábado 2 de diciembre de 1989 fue mudo testigo del
brutal sufrimiento físico y moral de los 3 alegres jóvenes que horas antes
jamás habrían de imaginarse que ellos también podrían ser detenidos por
los federales. Creían que los cuerpos policíacos estaban para frenar el
hampa, nunca para golpear a quien, por la misma novates de su edad, se
fumara un cigarrillo de marihuana.
A media noche los desalmados federales salieron a beber a los lugares
selectos de la otrora pacifica ciudad de La Paz.
Mujeres, güisqui, tequila y platillos repletos de cocaína engalanaban las
mesas de los Carrola.
-- Qué lindos bigotes tienes -- le dijo Rosalba, una jovencita que le
habían conseguido los de Relaciones Públicas del gobierno del
estado al comandante Miguel
Ángel. La dama era una mujercita inexperta en el amor pero muy
ambiciosa por los bienes materiales.
-- También tengo otros atractivos que no puedo andar enseñando -- Le
devolvió el piropo el comandante según su machista entender -- ¡Qué
lindas tetas tienes!
-- Pueden ser tuyas si te portas amable conmigo -- Insistió retadora.
Un par de horas después Miguel Ángel llevó a la dama al hotel El
Moro donde la desvirginó -- ¿Por qué no me dijiste que eras señorita? --
Le preguntó el macho que lejos de haber gozado del sexo, había poseído
a la jovencita brutalmente.
-- No me preguntaste -- Corrigió limpiando su honor.
-- ¿Te pagaron para que te acostaras conmigo? – Insistió.
-- No, vine por mi propia voluntad, me contrataron como edecán por
una noche, pero no me ordenaron que me acostara contigo, lo hice
porque me gustaste.
Miguel Ángel se levantó de la cama para ayudar a limpiar los sueños
que toda jovencita entrega al ser amado. No hubo lágrimas, hubo una
entrega cruda, materializada en la ambición -- Quédate tranquila -- Le
dijo el desvirginador -- yo te voy a cuidar a partir de ahora, quiero que
seas para mí, tengo mucho dinero, te voy a comprar un departamento
para ir a verte todos los días -- De nuevo una arremetida feroz penetró a
Rosalba que dejó satisfecho al encocaínado comandante sin imaginar que
esa misma noche quedaría embarazada. A partir de ese momento la dama
hizo las cosas de tal manera que el comandante de la federal le cumplió
los más caros caprichos.
Para enorgullecer a su hombre, Rosalba se mandó tatuar el nombre de
Miguel Ángel en la exuberante tetilla izquierda. Pocos supieron de ese
amorío. Rosalba ya no volvió a relaciones públicas del gobierno del
estado por órdenes de su dueño. Se perdió hasta que Jacinto la encontró
en un bar de mala muerte.

Comentarios
Publicar un comentario