La ejecución (18)

La Ejecución Sábado 27 de mayo de 2001. La noche caía como un sudario sobre la colonia Tlalnepantla, en el Estado de México, cuando el comandante Guillermo Murrieta López fue encontrado acribillado. Su cuerpo yacía como una advertencia muda, tres balas en la cabeza, eco preciso de una firma antigua. El aire olía a pólvora y a traición vieja, esa que se hereda como un linaje maldito. — ¡Puta madre! —exclamó Jesús Ignacio Carrola, con la voz ronca de quien reconoce el sello de la muerte—. El perfil de esta ejecución parece sacado directamente de la célula de Miguel Nazar. — ¡Cállate, cabrón! —le cortó Miguel Ángel, los ojos convertidos en dos rendijas de hielo—. Ese hijo de puta es cosa seria. Debemos esperar el llamado del jefe para saber qué carajos hacer. José Luis Lara, el joven al que aún le olía la inocencia a pólvora fresca, escuchaba en silencio. Su cuerpo era apenas un esbozo de hombre, pero su alma ya cargaba la sombra de un pueblo que clamaba venganza. Jesús Ignacio lo miró de reojo, casi con lástima paternal: — Tú no los conoces todavía, José Luis. Eres muy chavalo, pero ve conociendo la mierda de este país. Aquí la sangre no se seca nunca; solo se disfraza de justicia. — Sí, señor —respondió el muchacho, con la voz firme como quien ya ha sellado un pacto con la oscuridad. El teléfono sonó entonces, un timbre agudo que cortó la noche como un cuchillo. Era el jefe. Jesús Ignacio hizo una seña al joven: “Hazte pa’ca, vámonos pa’ fuera”. Dejaron a Miguel Ángel solo con la voz del destino al otro lado de la línea. José Luis sentía en el pecho el latido de una conciencia antigua, esa que lo había visitado en sueños: un pueblo entero tocándolo con dedos de fantasma, susurrándole que sólo descansaría cuando los Carrola pagaran con su propia moneda. La necesidad de venganza se le había anidado en el alma como un águila negra, paciente, implacable. Por la noche del domingo 28, en la penumbra de una casa de crianza, José Luis le contó a su hermano Leo el “trabajito” que se avecinaba. Leo sonrió con esa sonrisa de lobo que sabe que la presa ya está marcada. — ¿A quién van a ejecutar? —preguntó. — Quién sabe. No me quisieron decir. — Debiste ofrecerte. Para demostrar lealtad. — Lo pensé. Pero no quise precipitar las cosas. — Estuvo mejor así —corrigió Leo, con la voz baja y cargada de siglos de rencor—. Este es el momento que estábamos esperando. Ponte abusado. En cuanto salgan para el jale, me hablas. Nosotros nos encargaremos del resto. Luego, casi como quien recita un evangelio negro, Leo desgranó el nombre maldito: la Brigada Blanca. Aquella sombra paramilitar nacida en las tripas de la guerra sucia, integrada por militares y judiciales federales cuya misión era borrar del mapa a los guerrilleros. Nombres que pesaban como lápidas: Miguel Nazar Haro, José Antonio Zorrilla, Arturo Acosta Chaparro, Francisco Quiroz Hermosillo, Francisco Sahagún Baca… y el propio padre de Leo entre ellos. Hombres que habían convertido la tortura en arte y la desaparición en rutina. — Todos esos cabrones son desalmados —murmuró José Luis. — Hay cosas que irás conociendo con el tiempo —respondió Leo, con la serenidad de quien ya ha cruzado el umbral—. Después de que se desintegró el Grupo C-047, cada uno formó su propia célula. Hoy sirven para ejecutar a quien estorbe. Los Carrola son una de ellas. Se supone que van a vengar a Murrieta, ese comandante que les salvó el pellejo cuando los sudcalifornianos querían lincharlos. Pero la rueda gira, hermano. Y esta vez, la rueda trae tres balas. El lunes 29 amaneció gris, como si el cielo mismo supiera lo que se avecinaba. Los Carrola —Miguel Ángel, Jesús Ignacio y Carlos— se prepararon con la meticulosidad de sacerdotes de un culto sangriento. Cargadores completos. Pistolas pavoneadas hasta brillar como espejos del infierno. Una Uzi y una AK-47, frías y obedientes. Tanque lleno en dos vehículos. Uno lo dejaron a la salida de la ciudad, por si la muerte exigía una huida que nunca llegaría. Por la tarde se vistieron de combate: pantalón, camiseta y calcetines negros; botas de hule espuma que no dejarían huella en el asfalto del olvido. Como un ritual pagano, tomaron con el tapón de una pluma un poco de cocaína, la aspiraron con devoción, y guardaron otro gramo cada uno, envuelto en papel como una hostia profana. Salieron de su casa para no regresar jamás. Otro día, sus cuerpos fueron encontrados ejecutados en el interior de una camioneta gris, color de sus vidas grises. Tres balazos en la cabeza a cada uno. Limpio. Profesional. El mensaje era claro: esto iba en serio. El perfil del multihomicidio fue alterado por los agentes que llegaron primero; la prensa habló de ajuste de cuentas del cártel de los Arellano Félix, otros del cártel de Tepito. Un periodista osado mencionó a Iván Maciel Luna. Tiempo después, ese mismo periodista fue atentado y se hundió aún más en el alcohol, como si la verdad quemara demasiado para ser contada sobrio. Nunca dijeron la verdad evidente: la ejecución se realizó con la misma arma, evidencia de que el ejecutor fue alguien de su más absoluta confianza. Posiblemente su propio creador. Al puro estilo de una célula de la Brigada Blanca, esa maquinaria de muerte que nunca se desmanteló del todo, solo se fragmentó en sombras más eficientes. Guillermo González Calderoni, desde su exilio, apuró a su editor para que terminara el libro sobre la podredumbre del sistema político mexicano. Sabía que esa ejecución llevaba la firma antigua, el mismo frío calculado de los años setenta. Algunos choyeros gritaron de júbilo al enterarse: — ¡Así tenían que terminar! Otros, más cuerdos, murmuraron en los cafés: — Pobres diablos. El que a hierro mata, a hierro muere. Jacinto Romero, en el bar El Íntimo, se compadeció con voz de bohemio cansado: — No se merecían morir así. Les hubieran dado oportunidad de defenderse. Aún traían las armas en la cintura y la coca en la bolsa. Eso demuestra que fue su propio jefe quien los ejecutó. Los parroquianos lo dejaron hablar. Recordaron que el mismo hombre les había llamado la atención el día que mataron a Fernando Jordán de la Toba. La muerte, en este país, siempre tiene testigos que prefieren el silencio. A los pocos días, Leo Lara se presentó ante Tomás Cota Sánchez para cobrar los otros cincuenta mil dólares. Mintió con soltura para calmar la tensión: — El choyero se puso histérico cuando vio que acabamos con los Carrola. Tomás le entregó la bolsa negra con el resto del dinero, fría como una sentencia. — Yo te llamo cuando necesite otro jale. — Es un honor servirte —respondió Leo, con la voz de quien ya planea la siguiente traición. Cuando la camioneta Durango se alejó, manejada por Florencio Cruz, Leo sonrió para sus adentros: — Pendejo. Si supiera que fueron otros los que se nos adelantaron… Ja ja ja. Pero para que vea que no soy desagradecido, voy a matar a Calderoni como regalo en su próximo cumpleaños. Y así, en la gran maquinaria de la podredumbre mexicana, las células seguían operando. La Brigada Blanca no había muerto; solo había mudado de piel, de nombre y de amo. Seguía ejecutando en la sombra, con tres balazos precisos, mientras el pueblo, entre cafés y bares, seguía murmurando que el que a hierro mata… termina gris, dentro de una camioneta, con los ojos vendados por la misma mano que alguna vez lo protegió. Porque en México, la muerte no llega de frente. Llega disfrazada de lealtad. Y siempre, siempre, cobra con la misma firma.

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