Tortura fatal (10)
Tortura Fatal
Era domingo 3 de diciembre, y el patio trasero de las celdas clandestinas olía a miedo viejo y a tierra removida. Uno a uno, como reses marcadas para el matadero, los madrinas sacaron a los detenidos bajo las órdenes del sobrino de los Carrola. El aire estaba espeso, cargado de whisky barato, cocaína y la risa rota de quienes ya no distinguen el placer del sufrimiento ajeno.
Primero fue Martín Atondo, el duro sinaloense. Lo subieron a la tablita con los ojos vendados, lo pasaron a la cama de tormento y de ahí al pozo negro. La chicharra eléctrica mordió sus testículos como una serpiente de fuego. Para regresarlo al infierno de las celdas, le metieron la manguera por la boca, le taparon la nariz y abrieron la llave hasta que el agua le llenó los pulmones y lo dejó colgando en el umbral del ahogamiento.
—¿No quedó nada de anoche? —preguntó el federal consentido, con la voz pastosa de cruda—. Ando muy crudo.
Como si la palabra del amo fuera ley divina, aparecieron la botella de güisqui, los vasos, el hielo, las papas fritas, los cacahuates y la bolsita de plástico con un gramo de cocaína blanca como hueso.
—¿No trajeron chile? —preguntó otro—. Al siguiente le metemos tehuacán con chile.
Le tocó al profesor Ricardo Osuna Amador probar el brebaje infernal. Mientras el sobrino de los Carrola bebía su whisky con soda espumosa, exhaló un ¡Ahhh! satisfecho, eructó con escándalo —¡Bruuurrr!— y se metió una línea gruesa con medio popote.
—¿Y tú, no quieres? —le preguntó al profesor, con los ojos brillantes de químico.
Ricardo, con la boca y la nariz llenas de sangre, intentó responder. Su mente quiso escupirles el odio, pero el miedo le torció la lengua. Solo salió un sonido ahogado, gutural, animal: ¡Ahprdhjkggg!
La jauría rió con ganas.
—Ja ja ja ja ja.
—Dale tehuacán al pobre —ordenó irónicamente José de Jesús—, para que pueda platicar con nosotros. Parece Alemán el cabrón.
Y volvieron a reír, como niños crueles que acaban de descubrir el poder.
Ricardo ya no era hombre. Era despojo. Le habían robado el sombrero, la camisa, el chaleco, las botas y el cinto pitiado. La sonrisa pacheco que lo definía había sido borrada a golpes. El pelo se le pegaba al cráneo como estropajo grasiento, los ojos se le hundían en cuencas de insomnio, los labios hinchados dejaban escapar un hilo baboso y sanguinolento. Moretones florecían como flores negras sobre su piel. Los dedos semiparalizados, los pies cubiertos de una mugre antigua, como si la tierra misma lo reclamara ya. Más que detenido, parecía un cadáver que aún respiraba por error.
Luego vino René Alonso. Lo guiaron con los ojos vendados sobre la tabla que cruzaba el brocal del pozo a cielo abierto.
—¡Camina por aquí, güey! ¡Despacio! Te puedes caer al fondo.
Su pie tanteó el vacío y el alma se le cayó al estómago.
—¡No me suelten! —gritó despavorido—. ¡Por favor!
—No te muevas. Si nos das los nombres de los mañosos con dinero, no te pasa nada.
—No conozco a ningún mañoso —respondió con lo que le quedaba de dignidad.
Levantaron un extremo de la tabla. René sintió que el mundo se inclinaba. Cayó doblado, temblando, sudando frío, rogando que lo levantaran. Las risas sarcásticas lo rodeaban como cuervos.
—¡Mátalo! —ordenó José de Jesús.
—¡Nooo, agh! —balbuceó antes de desmayarse.
Cuando despertó, tenía una manguera en la boca y una mano que le tapaba la nariz. El agua entró como sentencia. Gritó ¡Nooorfff! antes del segundo desmayo.
—Valen madre estos pinches paceños —escupió el sobrino encocainado—. No aguantan nada. ¡Saquen al chamaco!
Arrastraron el cuerpo inerte de René como saco de huesos.
Después tocó Fernando Jordán de la Toba, el jovencito. Al ver cómo arrastraban a su amigo, sintió un hormigueo helado en el estómago.
—¿Qué le hicieron? —se atrevió a preguntar.
José de Jesús respondió con una patada brutal en el vientre frágil.
—¡Aghhh!
El muchacho se dobló. Otro jalón de cabellos lo puso erecto. Otra patada, y otra, y otra, hasta que el federal sintió que se le quitaba la cruda a golpes. Fernando se desvaneció mucho antes de que terminara la furia. Lo regresaron a rastras, como toro muerto en la plaza.
En las dos celdas repletas de cuerpos magullados, hombres y mujeres, un colombiano y dos gringos, apenas si cabían. Todos se quejaban en voz baja, sobre todo de los madrinas, que eran los más ingeniosos en sus terapias psicológicas. Eran sparring humanos para judiciales encocainados con placa de la PGR.
Al día siguiente, ante la presión de algunos periodistas independientes, Miguel Ángel ordenó la rueda de prensa. Presentarían a los “narcos” detenidos en la casa de la calle Sinaloa, pero callaría que todo venía porque Pioquinto López se había negado a pagar la cuota.
Miguel Ángel había aprendido el oficio de abusar en Chiapas, bajo las órdenes de Javier Coello Trejo, sembrando resentimiento entre indígenas que después se arrimarían a seminaristas y maoístas. Jesús Ignacio, por su parte, venía del corralón de la Ciudad de México, donde había incubado rencor contra los periodistas que los trataban como perros. Ahora, con poder, se vengaban.
La noche del lunes al martes, mientras los federales se iban a “meter calor”, Fernando empezó a vomitar. Primero fue náusea. Luego sangre mezclada con un líquido amarillo verdoso. Pidió ayuda. El policía de guardia, fastidiado, llamó al médico Expectación Vargas.
—Dale un balde y que vomite ahí. En la mañana lo checo —respondió el galeno desde su comodidad.
Fernando se acurrucó en un rincón como animalito herido, tratando de no molestar a sus compañeros de infortunio. El vómito se le escapaba por la nariz, luego por la boca: más espeso, más rojo, casi pura sangre. Los minutos se volvieron eternos. Los quejidos lastimeros llenaban la celda oscura. Los demás detenidos no dormían; solo escuchaban cómo se apagaba la vida del muchacho.
A las 04:45 de la madrugada del martes 5 de diciembre de 1989, uno de los detenidos notó que Fernando ya no se movía. Empujó al profesor Ricardo:
—Profe, el chavalo se quedó dormido… se va a lastimar el cuello.
Ricardo tocó la piel fría, sintió la rigidez.
—¡Poli! ¡Se murió el chavalo!
El caos comenzó. Llamadas desesperadas. Miguel Ángel llegó furioso. El médico intentó meter pastillas en la garganta del cadáver para falsear la necropsia. Discutieron dónde esconderlo: en el refrigerador, envuelto en cobija, llevarlo al hospital Salvatierra y fingir que murió ahí.
Mientras tanto, los periodistas esperaban en la banqueta. Miguel Ángel, con una sonrisa interna, ordenó trasladar el show a la casa de la calle Sinaloa 1425. Allí, frente a los pozos que supuestamente habían servido para esconder droga, mintieron con descaro. Los reporteros sabían que les mentían; los pozos eran demasiado pequeños, cavados con manos desesperadas. Pero el sobre con dinero extra que recibirían después les pesó más que la verdad.
Pancho Sánchez, reportero de La Extra, logró entrar un momento a las celdas. Ricardo, con la voz rota y el miedo en los ojos, alcanzó a susurrarle:
—Mataron a un compa… lo tienen en un refri ahí atrás.
Pancho se retiró rápido, para no comprometerlo. Más tarde, en la casona, Jesús Ignacio lo recibió con sorna:
—Traes una cara de malandrín que no puedes con ella… pero pásale, te estábamos esperando.
Esa misma mañana, la madre de Fernando, doña Chuy de la Toba, sintió en el vientre el frío de la mentira. El policía les había dicho que solo le dolía la panza, que le llevaran pastillas y un cepillo de dientes. Pero algo en su alma de madre le gritaba que su hijo ya no respiraba.
Y así, entre whisky, cocaína, tehuacán con chile, mangueras y risas de verdugos, murió Fernando Jordán de la Toba, un muchacho que solo se había tomado dos cervezas.
No fue una bala.
Fue la cruda de otros.
Fue el poder sin freno.
Fue México, 1989, en una celda clandestina donde la justicia tenía precio y la vida, ninguno.

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