Viene Turengano (16)
Viene Turengano
En las sombras eternas de la frontera surcaliforniana, donde el viento del Pacífico susurra secretos de polvo y sangre, se repite como un ritual antiguo la danza macabra del poder. Tras cada estruendo de sirenas, cada detención ruidosa o cada abuso que rasga el velo de la ley, las oficinas centrales de la PGR —como sacerdotes de un culto corrupto— decretan el cambio de jefe en la Policía Judicial Federal. El viejo caudillo cae, y con él arrastra a todo su séquito de fieles y cómplices, para que otro ocupe el trono efímero.Esta vez le tocó a Fulvio Jiménez Turengano, un hombre cuya fama lo precedía como un mal augurio: arreglista entre los mañosos, tejedor de pactos en la oscuridad. Apenas había recibido, se decía en los pasillos del miedo, cincuenta mil dólares de un capo para que le abriera las alas y lo dejara volar fuera del país, como paloma mensajera de la impunidad. Apenas una semana después de su llegada, sin saber a quiénes heriría el filo de su espada, los agentes de Turengano descubrieron un vasto sembradío de marihuana en las inmediaciones del rancho La Ventura. Las plantas, verdes y altivas como testigos mudos, volvieron a desnudar la verdad que todos fingían ignorar: el gobierno juandieguista no solo protegía a los narcos choyeros, sino que los alimentaba, los criaba y los coronaba como reyes del desierto.Entre los utensilios hallados, unos botes de fertilizante aún conservaban los números de control de la Secretaría de Desarrollo y Fomento Económico. Allí despachaba, como subsecretario, el ingeniero Edgar Moso —el mismo que, años atrás, desde la SARH, había prestado maquinaria pesada para allanar y reparar las pistas clandestinas del rancho La Ponderosa. La tierra sudcaliforniana, fértil en traiciones, guardaba las huellas de aquellos surcos abiertos por el poder.El fin de la administración de Juan Diego Gaxiola Jaques se acercaba como un crepúsculo sangriento. El gobernador, al ver que ninguno de sus “cachorros” alcanzaría la candidatura a la gubernatura, desplegó su último escudo protector: a unos los lanzó como candidatos en partidos diversos, a otros los incrustó en puestos clave, como clavos en la carne del Estado. Esaúl Carreón Lara fue ungido candidato a diputado federal; Jesús Ramón Colón Osborne, presidente del PRI; Iván Maciel Luna negoció una senaduría en las sombras; y Salvador Landa Hernández se acomodó como secretaria general del VIII Ayuntamiento de La Paz. Así, el viejo cacicazgo se repartía las migajas del banquete antes de que terminara la fiesta.El candidato del PRI cayó ante un pueblo exhausto de tanto trasiego de polvo blanco y abusos de autoridad. Pero el vencedor del PAN, Mario Guadalupe Flores, no llegó limpio: negoció el triunfo con un fajo generoso de billetes y la promesa de una diputación federal por el PRD. En el legislativo, el PAN también “ganó”, mas el billete volvió a torcer la voluntad popular. Renovación Hidalgo montó un escándalo teatral en el recinto, para que el pueblo —manipulado por los mismos titiriteros que antes lo habían vuelto contra los Carrola— impidiera la toma de posesión, arguyendo una supuesta renuncia previa. A cambio, Renovación recibió una representación del gobierno de Baja California Sur en la fronteriza Tijuana. “Pa’ que ahora sí trafique a su gusto con equipo electrónico, como lo hacía con el Chany”, confió con sorna Ricardo Covarrubias Villaseñor, ex presidente municipal de Comondú.Llegó luego Dante Prieto Navarro, impuesto por las concertacesiones presidenciales con Luis H. Álvarez. Trajo consigo una corte de espurios que mancillaron aún más el alma sudcaliforniana. El tráfico de drogas siguió siendo el manantial dorado de los mañosos en el poder. La juventud, antes fresca como el mar de Cortés, enfermó con la adicción a la cocaína; los índices del delito se alzaron como una marea negra.Los medios al servicio de los mafiosos atacaban sin piedad a los funcionarios opositores al PRI. Entre ellos destacaba Gordon Krause, el “madrina” de los Carrola. A punto de ser linchado por la furia popular, ideó con sus protectores un supuesto atentado en la penumbra: disparos en la pared de su casa y la explosión de una botella que se presentó como bomba molotov. Gracias a su doble oficio de corresponsal de El Excélsior y locutor de radio y televisión, el incidente se convirtió en epopeya. “Atacan a Periodista”, gritaron las ocho columnas. Días después, los protectores le pagaron pachangas para festejar la farsa, mientras el pueblo, ebrio de mentiras, aplaudía al mártir fabricado.Juan Diego Gaxiola Jaques partió hacia Tabasco para apoyar a su amigo Eulalio Moreton, invirtiendo, según se murmuraba, cuarenta millones de dólares del cartel de Colombia en la campaña. El contendiente del PRD, Obed Tulo Caputo, al descubrir el ardid, marchó con una manifestación hasta la Ciudad de México, clamando justicia en vano.El pueblo sudcaliforniano cayó entonces en un letargo emocional, un sueño pesado como el opio, que duró varios años. Hasta que Jesús Ignacio Carrola Gutiérrez volvió a ser noticia: el gobernador Filomeno Fong Tanero lo designó jefe de la Policía Judicial del Distrito Federal.Iván Maciel Luna, ya senador de la República, se levantó de inmediato como un león herido. Objetó la designación con justa ira, recordando los abusos de Tembabichi y la muerte atroz de Fernando Jordán de la Toba —“a manos de los Carrola”, sentenció. Sus palabras cimbraron la clase política del partido del sol azteca.Miguel Ángel Carrola salió en defensa de su hermano, como siempre lo había hecho: “El delito de homicidio ya se resolvió. Dos personas están en la cárcel de La Paz pagando por esa muerte. Lo que pasa es que el senador aún está dolido porque le detuve a un hermano que traficaba con droga”.El senador respondió sin tocar el tema de su hermano: la afrenta al pueblo sudcaliforniano no se podía ocultar con un cargo público. Para respaldar sus palabras, la policía judicial estatal —al servicio de los navarristas— envió a Fong Tanero un expediente grueso: recortes de periódicos amarillentos y una crónica detallada de la estancia de los Carrola en Baja California Sur. Ante el peso abrumador de las evidencias, el gobernador del DF anuló el nombramiento. Iván Maciel Luna pareció victorioso; el pueblo ya lo veía como el posible candidato para 1999.Pero dos años después, Tomás Cota Sánchez urdió un complot. Un tractocamión de Iván Maciel Luna fue detenido en un reten militar: entre la carga de cebolla descompuesta —pudriéndose como la misma política— apareció marihuana. La acusación de Miguel Ángel cobró vida propia. Acción Nacional argumentó otras cosas, pero Iván fue expulsado como militante del partido al que había servido más de veinte años.Como estaba escrito en el guión invisible del poder, en el año 2000 los cachorros de Gaxiola emergieron triunfantes. Esaúl Carreón Lara se convirtió en senador por el PRD; Jesús Ramón Colón Osborne, por el PRI. A los demás los habían sembrado en diferentes partidos, como semillas de una misma planta venenosa.“Necesitamos acabar con los Carrola porque nos pueden echar a perder las elecciones del 2005”, dijo Tomás Cota Sánchez en una reunión de sombras.“Esos cabrones están muy pesados”, terció el Gordo Macario. “Recuerden que están protegidos por Javier Coello Trejo y su gente”.“No importa”, cortó Tomás con energía fría. “Estaba más pesado el general Pedro Bautista Pérez, y ya ven: se lo chingaron los Salinas”.“Puta”, exclamó Florencio. “Esa vez pensé que nos iban a relacionar por lo de la isla del Carmen. Ya ven que el pinche Jacinto Romero le informó al general sobre la detención de Esaúl”.El general Pedro Bautista Pérez, originario de Todos Santos, Baja California Sur, había sido subdirector operativo del Estado Mayor Presidencial durante la administración de Carlos Salinas de Gortari. Hasta que un explosivo plástico le arrancó medio cuerpo en pleno vuelo, cuando se dirigía en helicóptero a Oaxaca para un evento político del presidente.Ese primero de abril de 1992, camino al aeropuerto, Pedro ordenó a su chofer detenerse frente a un restaurante donde, en enero de ese mismo año, había comido por última vez con su madre. “En esta mesa”, le dijo al chofer con voz grave, “platiqué por última vez con mi mamá. Días después falleció”. El espíritu celestial de la progenitora parecía advertirle, en un susurro de niebla y destino, que la muerte lo aguardaba. Del restaurante se levantó para rendir tributo a un final arreglado por manos criminales que no querían perder las canonjías del grupo de narcopolíticos al que pertenecían. Curiosamente, el secretario particular de Diódoro Carrasco le pidió al general que lo acompañara en su helicóptero. Pedro bajó a uno de sus ayudantes y lo envió en la otra aeronave.“Fíjese, general, mi patrón me pidió que le diera este maletín con el mandado que acordó con usted”.“Déjalo a un lado, luego lo checo”, respondió Pedro. Creyó que eran billetes verdes. Hablaron de los problemas con los grupos guerrilleros. Le informó que en Antorcha Campesina ya tenían incrustados agentes que figuraban en el directorio del comité clandestino.“Pinche madre”, dijo de pronto. “El señor presidente se enojó cuando le informé sobre la actividad de su hermano Raúl”.Como si el explosivo estuviera sincronizado con la mención del narcotráfico, el helicóptero estalló en mil pedazos tras una detonación seca.La presidencia y el Estado Mayor anunciaron de inmediato que el aparato había chocado contra un cerro por la espesa neblina. Murieron cuatro militares y cuatro personas más.En el nosocomio del campo militar, mientras los médicos preparaban los cadáveres, el coronel Platón Cortez entró a reconocer el cuerpo de su paisano. Vio el torso mutilado, y notó que los otros tres cadáveres también estaban incompletos: clara evidencia de un explosivo. Nadie creyó en el accidente. Los medios, como siempre, guardaron silencio. No quisieron morder la mano que los alimentaba.La noticia llegó a La Paz, donde el general tenía amigos que, apenas dos meses antes, lo habían acompañado en el velorio de su madre —en la misma funeraria donde, en diciembre de 1989, habían velado el cuerpo molido a golpes del joven Fernando Jordán de la Toba.En enero de 1992, Pedro recibió las condolencias protocolarias del gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques y de Hugo Conde, su secretario general. Pero las muestras sinceras vinieron de su amigo José Duarte Sepúlveda, quien compró güisqui y coñac para los trasnochados y, en la madrugada, repartió menudo caliente entre los fieles.Los cachorros del PRI brillaron por su ausencia en aquel velorio.En el campo militar, una rareza llamó la atención: el secretario particular del general sudcaliforniano se comportaba de forma extraña, como si la conciencia le pesara como plomo. Al pasar frente a José Duarte, ni siquiera lo saludó.“¡Coronel!”, lo llamó Duarte con un grito apagado.El aludido compuso su andar rengo, devolvió un saludo militar frío y siguió su camino, como si en su mente maquinara ya la traición o el remordimiento que el destino había sembrado en aquella tarde de niebla y explosivos.Así transcurre la crónica de Baja California Sur: un tapiz de traiciones, donde el poder y el narco se abrazan en un baile eterno, y donde los espíritus de los caídos —Fernando, Pedro, los jóvenes perdidos en la cocaína— siguen susurrando desde las dunas y el mar, recordando que la impunidad tiene fecha de caducidad, aunque siempre parezca renacer con otro nombre y otro fajo de billetes.

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